Romance de los reyes

Señor niño, el que nació
entra una mula y un buey,
y nos traxo como brujos
a medianoche a Belén,

si he de dezir lo que siento,
niño, cosas miro en él,
que mientras más las percollo,
menos las puedo entender.

Diz que sin principio nace,
y apenas ha medio mes
que le vi en somo un pesebre
acabado de nacer;

y por más señas, me acuerdo
que atordido desperté
a los chillidos y vozes
de unos mosicos de bien;

y hize mucho en despertar,
que me descuido, tal vez,
y duermo de una bolada
horas más de ventiséis.

Vi dançar unos danceros,
vi unos baileros también,
y unos canteros cantar,
no por la sol fa mi re.

Y aunque le vi aquella noche,
a verle buelvo, pardiez,
porque, en dexando de verle,
muero por bolverle a ver,

porque diz que tiene gracia
en perdonar y querer,
que quanto en él se ve es lindo,
y más lo que no se ve.

Su madre diz que es donzella
antes del parto y después;
en aquesso no me meto,
que verdad deve de ser.

Mas diga, ¿quién le ha metido
en llorar y padecer,
teniendo en cas de su padre
una vida como un rey?

¿Tan mal le iba por allá,
señor niño? Pues a fe,
que aver por acá venido
lo llore más de una vez.

Sepa, pues, si no lo sabe,
que sí deve de saber,
que enciacá vienen tres reyes,
¡prega a Dios que sea por bien!

Uno tien barbas de prata,
el otro de oro las tien,
el otro, que es más lampiño,
del forro de una sartén;

todo es como un azabache,
dél pueden higas hazer,
y, para que no le ahojen,
las puede al cuello poner.

Con unos fuertes pescueços,
y unas corcobas también,
traen unas como tarascas,
de quien Dios nos libre, amén.

Delante traen una estrella,
dando saltos de prazer,
que si no lo ha por enojo
relampuça en somo dél.

Parece que a caça vienen,
que la estrella el ventor es,
y que, parada la caça,
se la señala a los tres.

Pero guárdese del negro,
porque a fe que es de temer,
por lo que tiene de galgo,
no arremeta a su merced.

De las tarascas se apean,
¡ay, Dios!, ¿qué querrán hazer?
¡Voto al soto, que se postran
y que le besan el pie!

Por las mexillas las almas
derretidas se les ven,
porque de lágrimas saben
mi niño que trae gran sed.

Como el cielo ve que llora,
y que tien tanto porqué,
pienso que sin duda quiere
acallarle con un tres.

Danle mirra, incienso y oro,
y es justo que se lo den,
pues le confiessan y adoran
por Dios, por Hombre y por Rey.

El pie tengo de besarle,
por esso perdóneme,
que pues viene a perdonar
no tendrá mucho que hazer.

¡Ay, cómo sabe! En mi vida
cosa me supo más bien.
¡Voto a mi sayo!, que creigo,
mi niño, que es de comer.


Poema Romance de los reyes - Jose Valdivieso