Oda decimosexta

Uñas de furias excitadas
Están hundidas en la seda,
Y la vara del altivo
Permanece incrustada en carne de niños,
-¡en carne de lujo y primado del Reino!-
Solamente arde en el páramo
El cardo erizado de ira parda,
Como una lámpara fría
La tuna espinosa en el desierto
Yergue dura venganza polvorienta,
El silencio helado de la noche
Vela con su gran capa
Ruinas de arena y grito seco,
Sacodecrin suena intensamente
A Mudatiniebla,
Nada se mueve hacia nada,
Porque no hay razón:
-¿para qué, hacia dónde?-
Las ramas despojadas, ardidas,
De la gran higuera del disgusto,
Dejan pegados en el aire
Restos de fruto ácido
Y de leche picante,
El cuervo, taciturno,
-sin devorar cadáveres,-
Permanece inmóvil
En el mástil de la Acusación,
Las palabras no suenan
Ni la música ni el menor
Hurón de entendimiento
Intenta cruzar de un lado al otro,
Para comunicarnos algo,
Es el día del Estanque,
El mediodía del Hambre,
Es el Zenit rojo de la Sequía,
Livianas, insistentes,
Llueven las cenizas juguetonas
Del inmenso incendio,
-vilanos sonrientes de la Muerte,-
La sepultura crece al sonido
Del gran Saxofón que no declina,
¡oh Dios desconocido!,
Nuestros breves puñados de polvo
Están quemados de no verte,
Hasta la más borrosa huella
De nuestros pies te extraña,
El frío gasta con hielo y nieve frotada
El calor de los huesos que congela tu ausencia,
Amamos, y el amor vuelve a nosotros
Como un boomerang
Que nos golpea el pecho con violencia,
Y caemos exhaustos sobre nuestras venas
De suavidad encrespada
Por el ácido rechazo,
Nuestras cuencas vacías agonizan
Por una gota de agua de tus noticias,
Por un relámpago de tu sonrisa,
Por una brisa de tu césped,
Por un minuto de tus plumas
De ave blanca, por un instante muelle
En las sábanas de tu lecho hospitalario,
Por una bocanada de aire
De tus cámaras secretas,
Por una ráfaga luminosa
De tu flor abierta de magnolia
Entre los espinosos bosques
Amargos del castigo,
Por una breve caricia de tu mano
Sobre la liebre asustada
De nuestro corazón
Tras la mata de pasto quemado…,
Nuestra voz está arrugada por la sequía,
Nuestra garganta, apretada
Por las tenazas del gangster,
No nos queda sangre para darte
Como los masticados mártires primeros,
Solamente el hueco de tu rostro,
Mapas del país de la Sed,
Trabajos numerados, lluvia
Y pantano de Cansancio,
Niebla y humo de gestos fichados
Por calendarios y oficinas,
Puntuales carruajes negros,
Bancos y fábricas y minas
Y hospicios y seguros
Donde pasean serios empresarios
Del cada día y la muerte de hoy,
Solamente las pompas fúnebres de la Corrección,
Los muros de cal blanca
De nichos enfilados
En el Gran Cementerio bocinante,
-la máquina llamada Muerteviva,-
Las ventanas permanecen cerradas,
Las puertas no giran,
Las estrellas empujan,
Pero los aldabones de hierro
Resisten a la luz de los faros,
Nadie acude al llamado,
No se encuentra reposo
En los tibios pañuelos del Consuelo
La indiferente camelia
Ocupa el caluroso amparo de los mirasoles,
Se muere de cemento y violeta aplastada,
De torres de acero, y paloma estrujada,
De pánico doméstico, y de abejas ardidas,
De guante, y cuna ensangrentada,
De saludo, y trébol pisado,
De intemperie, y de perdiz cazada,
De alambre, de plomo, y confianza
De leche y miel malditas,
De luto, y labio asado,
De diario, y conejo vendido,
De bostezo, y colores gastados,
De comercio, y corazón tirado
En la alfombra de gehena lustrada
Del dormitorio cerrado,
Morimos de ladrones de glicinas,
De estepa de metal, de lago duro,
De plutonio orgulloso, y mano cortada…,
Morimos de llevar
Nuestro propio cadáver bajo el traje
A los picos del buitre sentado en Orosiempre,
Morimos de nacer a morir
Y volver a nacer a morir
A su hambre de flores,
¡oh Dios desconocido!,
No podemos más.


Poema Oda decimosexta - Orfila Bardesio