EpÍstola a una dama

¡Ay dura ley de amor que así me obliga
A no tener más voluntad de aquella
Que me ordena el rigor de mi enemiga!

Navío que en alto mar perdió la estrella
Es, de tan rico don desnuda, el alma,
Siendo la voluntad nueva alma della.

Tiene de mí la vitoriosa palma
Otro querer, cual suele otro elemento
Distribuir al mar tormenta o calma:

Es el incontrastable mandamiento
De mi señora, rayo presuroso
A quien se humilla y tiembla el firmamento.

Perder la voluntad caso es lloroso,
Mas ¿cómo llora aquel que para el llanto,
Sin ajeno poder, no es poderoso?

¡Extrañeza de amor digna de espanto,
Que tras tan largo mal sin resentirme,
Quiere que el mismo mal no sienta tanto!

Y no sólo me impide el descubrirme,
Mas quiere que no pueda y que no quiera,
Y mata y, tras matar, niega herirme.

Pues digo que así quiero y que quisiera
Poderme anticipar con la obediencia
Al mandamiento, aunque más duro fuera,

Y pues desnudo estoy de la potencia
Para negar, conviértase mi vida
En alta ejecución de la sentencia,

Que aquella voluntad, ya reducida
En otra, espero yo que el tiempo vea
Negociarme piedad nueva y crecida.

Mas ¿cómo podrá ser que así no sea,
Pues forzosa piedad me tiene y debe
La voluntad que allá se está y emplea?

No es corazón humano tan de nieve,
¡oh duro pecho fuerte y de diamante
A quien tanto penar no le conmueve!)

¡ay!, que el que ve a un miserable amante
Vivir, morir y amar, luego se inflama
De celo en tanto ardor firme y constante.

Mas nueva voz me acude y me reclama,
Dentro del más secreto pensamiento,
Que rompedor de fe me nombra y llama,

Diciendo: “El mandamiento y juramento
Rompes, de no escribir antes ni agora
La causa y ocasión de tu tormento.”

Entiende, pues, hermosa usurpadora
De mi albedrío, cuán libre, sin mentirte,
Está de culpa el alma que te adora,

Pues si te escribo, es sólo por decirte
Que ella obedecerá cuanto quisieres,
Y no por ofenderte ni escribirte.

Sola una cosa no querría, si quieres,
Y no podré querer, que es el no amarte,
Lo cual no está en poder, siendo quien eres.

Y así de nuevo torno a consagrarte
La dada fe, que nunca desconcierte
Del punto adonde está por observarte;

Puede muy bien la inexorable muerte
Romper la nueva estambre de mi vida,
Mas no el deseo de siempre obedecerte.

Y no pienses que agora obedecida
Dejas de ser porque te escribo, siendo
Tu voluntad de mí tan bien cumplida,

Pues juro por los ojos do me enciendo
Que solamente escribo porque veas
Con cuántas fes fundar mi fe pretendo,

Y, sólo porque tengas y, poseas
Con más seguridad mi fe firmada
Y lo que en lengua oíste en carta leas,

No por duda o temor que quebrantada
Será jamás de mí ni ha jamás sido,
Mas sólo por razón bien ordenada.

Y porque no la cubra ciego olvido
De vil costumbre, bien será que quede
Esto por ley de amor establecido,

Pues siempre renovar se me concede
La escrita fe, que en el discurso humano
Tanto con Dios, y en ti tan poco, puede;

Y tú también, con más piadoso y llano
Trato, me escribirás que yo confirme
La nueva obligación de propria mano,

Y no te agraviarás por escribirme
Si escribes por usar tu cetro y mando,
Siendo lo ya mandado repetirme.

De nuevo yo mi fe saldré obligando
De jamás escribirte, aunque, escribiendo
Uno y otro, escribir fuese alcanzando,

Y así, la fe y el mando repitiendo,
Imposible será después quebrarse
Tan alta convención cual voy tejiendo.

No porque el fuerte pino, al comenzarse
De su nueva raíz, si un brazo extiende,
Deja con mil raíces de arraigarse,

Con quien después se ampara y se defiende
Del riguroso y descortés invierno,
Que apenas hoja dél daña y ofende;

Tu mandamiento así, pues, blando y tierno
Dentro mi pecho está cual niño en cuna,
Conservando el poder largo y eterno

Para que el tiempo, al fin, muerte, y fortuna,
Caso, destino, providencia y arte
No me puedan entrar en suerte alguna.

Aquí verás quien tanto sabe amarte,
Si es bien que de Boscán robe el sujeto
Para mejor sus males declararte:

Así como al más noble y alto efeto
Excede amor, del cielo y de natura,
Así es más alto y noble mi conceto.

No tiene mi verdad sincera y pura,
Cierta, abundante, y de sí misma llena,
Necesidad de ajena compostura:

Sería de Libia a la quemada arena
Agua pedir el húmido oceano,
Y a la ortiga su olor el azucena,

Del seco invierno el dulce abril temprano
Flores coger, y la desierta cumbre
De hierba enriquecer al fértil llano,

Robar el claro sol belleza, lumbre,
A la noche, sería, más triste y fea,
Y el mundo renovar suerte y costumbre.

Permita Amor que esta verdad se lea
De ti, que siendo así, no dudo cierto
Que con más alta luz se entienda y crea:

A pecho que es de amor guarida y puerto,
A frente de valor tan rica y llena,
Cualquier cerrado abismo es aire abierto;

A ojos cuya luz viva y serena
Al mismo sol, según los alza y mueve
Toda niebla de error se le enajena,

A púrpura tan fina y fresca nieve,
Tan largo oro sotil, tan ondeado,
Esle cualquier secreto cierto y breve;

A encendido coral tan bien cortado,
Entre el claro marfil muy liso y puro,
Todo le debe ser claro y tratado;

A cuello de cristal, coluna y muro
De todo bien, a mano tan hermosa,
Será lo más incierto más seguro.

Quédese, pues, aquí mi dolorosa
Y baja pluma, sólo con decirte
Que, mientras no mandares otra cosa,
Siempre te serviré de no escribirte.



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Poema EpÍstola a una dama - Francisco de Aldana