A una dama

Pues tan piadosa luz de estrella amiga
Del cielo en mi favor baja y se emplea,
Que por premio especial de mi fatiga
Ordena esta ocasión que os hable y vea,
Mis ojos mueva amor, y amor bendiga
Mi lengua, cuya voz tan dulce os sea
Que en vos haga el lugar que acá en mi pecho
Vuestra gracia y beldad tienen ya hecho.

Mas ¿para qué invocar de la gran diosa
El niño arquero, estando vos presente?
Es toda luz oscura y tenebrosa
En pareciendo el sol en el oriente;
Así pues, vos, mi sol, con luz hermosa
Herís mi corazón tan altamente.
De vos para con vos el bien yo tenga,
Sin que todo otro bien es bien que venga.

Pues ¡sus!, querida y dulce usurpadora
De mi albedrío, volved, piadoso y blando,
Ese rostro gentil que me enamora
Hacia estos ojos que le están mirando.
¡Oh sobre todas venturosa el hora
Que os di mi libertad, dichoso el cuándo
Me llamé vuestro, pues tan dulce y cara
Me fue y será vuestra hermosa cara!

Dificultad no veo, cosa no siento
Debajo el cielo ya que me resista,
Pues vuela el animoso pensamiento
Con alas del favor de vuestra vista.
Paraíso total de mi contento,
Agora, porque el bien perfeto asista,
Os pido que escuchéis lo que procura
Deciros mi afición sincera y pura.

Paréceme también que en vos ya veo
Grata y dulce atención por colocarme
Donde apenas llegar puede el deseo,
Y que fortuna al fin llegue a envidiarme;
Pues digo, así, que el bien que yo poseo,
En la seguridad de vos amarme,
Es tal que triste yo si tal no fuera
Mil millares por él de vidas diera.

No llamo vida yo, mas baja muerte
El tiempo que viví sin conoceros;
Más sin comparación, más noble suerte
Es que el vivir el veros y quereros;
Mas ¿cuánto y cuál será si alguno acierte
A voluntad recíproca volveros?
No sabe merecer tan rica palma
Si no habilita el mismo bien el alma.

Ya que en tan alta silla de fortuna
Con las alas de Amor me veo subido,
Dos vidas gozo, porque vive en una
La que me aseguró de vuestro olvido;
Mas ved cómo debajo de la luna
No hay acabado mal ni bien cumplido,
Y cómo la tristeza a la alegría
Siguiendo va, como la noche al día.

Mi día sereno y claro es verme amado
De vos, a quien me doy con fuerza tanta
Que Amor de su poder queda espantado
(¡ved cuál será mi amor si Amor se espanta!);
La noche, que cubierta de ñublado
Tras tanto bien me afloja y me quebranta,
Es ver que por mi causa Amor ordena
El destino crüel, congoja y pena.

Bien sé que ese pesar tan descubierto,
Ese vivo dolor que os atormenta,
Es porque a nuestro amor el hado incierto
Dificultades mil nos representa,
Llevando, sin tomar playa ni puerto,
Nuestro navío cercado de tormenta.
¡Ay hado descortés, cuánta amargura
Celaste en el dulzor de mi ventura!

Pero destruya Amor, con dulce celo,
Tan amargo pesar que así me alcanza,
No pueda ese atrevido desconsuelo
El fresco abril dañar de mi esperanza.
Muy lejos de los ángeles del cielo
Vive el deseo, la pena y la mudanza;
¡sus, haga vuestra luz que me gobierna
En ambas almas primavera eterna!

Huye con el calor de vuestra lumbre
Cualquiera tempestad lluviosa y fría;
No puede la terrena pesadumbre
Los rayos eclipsar de mi alegría;
Los ojos, donde amor tiene costumbre
Venir para ilustrar el alma mía,
Contra el duro desdén que los indina
Harán su tierna aurora matutina.

Si por amarme vos puedo seguro
Estar de cualquier pena (pues cualquiera
Menos es que ésta) os juro y os conjuro,
Por la encendida fe que amando espera,
Que más no dure en vos pesar tan duro,
Huya cual niebla al sol vana y ligera,
Y no queráis que siendo vos mi vida
Venga a ser cosa vuestra mi homicida.

Vendrá mi propia vida a ser mi muerte,
Viniendo a ser en mí vuestro cuidado,
De más rigor, más poderosa y fuerte,
Como rayo del sol reverberado;
Después os causará mi dura suerte
Pena mayor, más lamentable estado,
Por ver de vuestra mano en mis heridas
Cortado el rico hilo de dos vidas.

Así vuestra piedad dura adversaria
Me verná a ser, en sí no concediendo
Dulce y atenta oreja a mi plegaria,
Y el mal irá por términos creciendo.
Huye un contrario la virtud contraria,
Como la escuridad la luz viniendo,
Mas ¿quién vido jamás daño tamaño
Quererse así juntar con mayor daño?

No quiero que penseis que pida o hable
Cosa tocante a vos, pero si pude
Seros en cosa mía nunca agradable
(lo cual mi pura fe no es bien que dude),
Con afeto de amor todo entrañable,
Por esa misma os pido que en vos mude
Nuevo estilo el dolor, porque siquiera
Cosa agradable a vos por vos no muera.

No quiero que penséis que pida o hable
Nace de la piedad que me tenéis,
Piedad podéis tener del sentimiento
Que con vuestro dolor me causaréis;
Si viene, porque amor tarda, el contento
Con las dificultades que sabéis,
El Amor fuerce a la Fortuna y pueda
Nuestra conformidad más que su rueda.

Contra el velo mortal Fortuna extiende
Su brazo, el cual no llega contra el alma,
Mas vos, cuya beldad hiere, arde y prende
Todo albedrío que esté en tormenta o calma,
Siendo fuerza menor la que pretende
Llevar de vos la triunfante palma,
Con sólo el revolver de ojos airados
Hacéis temblar las suertes y los hados.

Pues no me pienso yo que Amor obrando
Y Fortuna crüel que fuese vuestro
Me negarán (aquél dichoso cuándo
Por quien es mi deseo tan gran maestro);
Pueden andarme el tiempo dilatando
Mas no el hilo cortar del gozo nuestro,
Pues, a dos voluntades hecha una,
Se rinde amor, el tiempo y la fortuna.

No tardará, mi bien, por más que tenga
Difícil ocasión, nuestro deseo;
Do no hay contradición fuerza es que venga
El bien, o por atajo o por rodeo;
Aunque en invierno el sol más se detenga
Allá con los antípodas, no veo,
Por eso, que amanezca a nuestro mundo
Menos hermoso, claro y, rubicundo.

Si a nuestro desear menos hiciese
Esta dificultad que os turba el seno,
O que después el bien, cuando viniese,
Por la tardanza, fuese menos bueno,
Admito la razón que se sintiese,
Por no perder un bien, de bienes lleno,
Pero si el bien está todo en un punto,
¿por qué a mi bien el mal viene tan junto?

No niego que el deseo mientras más crece
Tanto más el placer queda encogido,
Mas esto es en el bien que compadece,
Mas en el desear ni es bien cumplido;
No sólo a un bien cual vos, mi bien, empece
Ni le debe empecer mal atrevido,
Mas al mismo pesar vestir debría
De alegre luz, cual viste al alma mía.

Por ese oro sutil, nuevo y luciente,
Que por mano de Amor se ordena y mueve,
Por esa de marfil graciosa frente
Donde tiene el abril perpetua nieve,
Mi sol, os pido, y por la llama ardiente
Que en mí la luz de vuestros ojos llueve,
Que abráis a rato más gracioso y tierno
El alma, y gozarán las del infierno.

Salgan por esos ojos, de improviso,
Amigos y amorosos resplandores,
El aire al derredor, hecho un Narciso,
Trate lleno de luz consigo amores,
Descubra mi terreno paraíso
En la desierta arena alegres flores,
Y por él arda en amoroso celo
La tierra, el agua, el aire, el fuego, el cielo.

Sabroso idolo mio, vivid sin duda,
Que agora, aunque Fortuna áspera y fiera,
Con punta de dolor viva y aguda,
A vos, y a mí por él, maltrate y hiera,
Aquella inclinación, que vuelve y muda
Su rueda en torno, fácil y ligera,
Por fuerza acudirá donde podamos
Gozar de todo el bien que deseamos.

No siempre el aire está de nubes lleno,
No siempre el viento mueve a la mar guerra,
No siempre con furor de rayo o trueno
Hiere Jove inmortal la baja tierra;
También su manto azul, claro y sereno,
Suele el cielo mostrar, también se encierra
El viento, el mar también se pone quieto,
Y Jove es apacible y mansüeto.

Después de un gran viaje, el peregrino
Vuelve al albergue, de su vida incierto;
Corre la nave el húmido camino,
De un polo al otro, y goza al fin del puerto;
A segura salud dudoso vino
El que poco antes se tenía por muerto:
Así terná, después de un largo ultraje,
Puerto alegre y salud nuestro viaje.

Desdeñan los espíritus gentiles
Empresa a su valor no conviniente;
Tienen dificultad las cosas viles,
Las grandes no se alcanzan fácilmente;
Sus obras, la natura, más sutiles
Ser muchas y comunes no consiente,
Y así sola una Fénix tiene el mundo,
Y solo un sol, a vos sóla segundo.

Mirad ¡cuánta afición, el mozo hebreo
(aquél que con el ángel vino a brazos)
Pasó con su Raquel, cuánto rodeo
Del tiempo y trabajosos embarazos!
Dio venturoso fin a su deseo,
Después que amor le puso entre los brazos
De la que le hizo andar siete y siete años
Amoroso pastor de sus rebaños.

Mirad con cuánta fuerza y cuánta pena,
El mancebo real convierte y tira
En uso alegre la vencida Helena,
Tras quien fue lo demás fuego y mentira.
El mismo Jove sale en el arena,
Nadando sobre el mar que Creta mira,
Hecho un valiente toro, con la bella
Ninfa que Europa fue su nombre della.

Mas recogiendo, en suma, lo que quiero,
Y lo que con el alma os pido y ruego,
Es que huya de vos todo severo
Cuidado, usurpador de mi sosiego,
Y no pueda pesar, grave o ligero,
Escurecer la luz de nuestro fuego;
Cosa no valga más, pues todo cuanto
Mira acá bajo el sol no vale tanto.

Así como en saber, gracia y belleza,
Nacistes para el mundo único ejemplo,
Así mi fe, por última riqueza,
Por honra suya Amor cuelga en su templo.
No me pudiera dar naturaleza
Bien diferente del que yo contemplo,
Pues tan nacidamente sois vos mía;
Yo vuestro soy, cual es del sol el día.

De aquí podéis hacer cierto argumento
Que, contra nuestro amor, jamás ventura
Tendrá poder, pues tiene fundamento
En la necesidad de la natura.
Siempre fue claro el sol, movible el viento,
Húmida el agua, fresca la verdura:
Así, contra el crüel hado siniestro,
Vos siempre mía seréis, yo siempre vuestro.

Mil cosas os diría desta manera
Si, en tan dulce ocasión, no me abreviase
El tiempo y alegría perecedera.
¡Cuán tarde vino y cuán temprano vase!
Todo aquello demás que yo dijera,
Y escucharlo de vos, por carta pase.
Mi vida, adiós, quedad tan persuadida
De mí cuanto de vos está mi vida.


Poema A una dama - Francisco de Aldana