EpÍstola i

Sobre el ingenio y arte disputaron
Palas y el fiero hijo de la Muerte
A quien del cielo por odioso echaron.

La sabia diosa su razón convierte
En decir que el ingenio sin el arte
Es ingenio sin arte cuando acierte.

De estas dos causas seguiré la parte
Por do el ingenio inspira, el arte adiestra
Sin que de su propósito me aparte.

Si admite la deidad sagrada vuestra,
Fébeas cultoras de Helicón divino,
Comunicarse a la bajeza nuestra.

Y adiestrándome vos por el camino
De la vulgar rudeza desviado,
A su brutez profana siempre indino,

Llegaré al punto en que veréis cantado
Lo que el Arte al ingenio perfecciona,
Y de quien es, si ha de acertar, guiado.

Sujeto es que repuna y abandona
De la mortal graveza la ignorancia,
Y con puros espíritus razona.

Entre ellos hace dulce consonancia,
De quien recibe el numeroso acento
Que lo adorna de afectos, y elegancia.

Vos a quien Febo Apolo da su asiento
Y las Musas celebran en su canto
Y el vuestro escuchan con discurso atento;

En mi temor que dificulta tanto
La extraña empresa, y me promete cierto,
La caída en el vuelo que levanto:

Por este perturbado mar incierto
Naufragando mi nave va a buscaros,
Pues sois mi norte, a que seáis su puerto.

No va cargada – gran Fernando – a daros
Ricas piedras de Oriente, ni preciosos
Aromas, con que pueda regalaros.

Dones son los que os lleva más gloriosos,
De más estima, y de mayor riqueza
Para la eternidad más poderosos.

De esta segura suerte la grandeza
Se adquiere con los números, que el vuelo
Cortan al tiempo en su mortal presteza.

Estos, son los que igualan con el cielo
Los nombres, y así deben adornarse
Con esplendor cual su lustroso velo.

De muchas cosas deben apartarse,
Y otras muchas seguir precisamente
Y por ley unas y otras observarse.

El verso advierta el escritor prudente
Que ha de ser claro, fácil, numeroso
De sonido, y espíritu excelente.

Ha de ser figurado, y copioso
De sentencias, y libre de dicciones
Que lo hagan humilde u escabroso.

La elevación de voces y oraciones
Sublimes, muchas veces son viciosas
Y enflaquecen la fuerza a las razones.

Vanse tras las palabras sonorosas
La hinchazón del verso, y la dulzura,
Tras las sílabas llenas, y pomposas.

Entienden que está en esto la segura
Felicidad y luz de la poesía
Y que sin esto es lo demás horrura,

Si el verso consta sólo de armonía
Sonora, de razones levantadas,
Ni fuerza a más, bien siguen esa vía.

Mas si las cosas han de ser tratadas
Con puntual decoro del sujeto
Faltaran, de ese modo gobernadas.

No explica bien el alma de un conceto
El que se va tras el galano estilo
A la dulzura del hablar sujeto.

Ni el que del vulgo sigue el común hilo
En término, y razones ordinarias
Cual en su ditirámbica Grecilo.

Entrambas a dos cosas son contrarias
A la buena poesía, en careciendo
Del medio, con las partes necesarias.

Caerá en el mismo yerro el que escribiendo
Puramente en lenguaje castellano
Se sale de él por escribir horrendo.

Cual ya dijo un poeta semi hispano
El centimano Gigans que vibraba,
Que ni habló en romance, ni en romano.

Otro que de elevado se elevaba
Dijo, el sonoro son y voz de Orfeo,
En mi espíritu interno modulaba.

Esta escabrosidad de estilo es feo,
Sin ingenio, y sin arte, que es la llave
Con que se abre el celestial museo.

Ha de ser el poeta dulce, y grave,
Blando en significar sus sentimientos,
Afectuoso en ellos, y suave.

Ha de ser de sublimes pensamientos,
Vano, elegante, terso, generoso,
Puro en la lengua, y propio en los acentos.

Ha de tener ingenio y ser copioso,
Y este ingenio, con arte cultivallo,
Que no será sin ella fructuoso.

Fruto dará, mas cual conviene dallo
No puede ser, que ingenio falto de arte
Ha de faltar si quieren apretallo.

No se puede negar que no es la parte
Más principal, y que sin arte vemos
Lo que Naturaleza le reparte.

Y aunque es verdad que algunos conocemos
Que con su ingenio sólo han merecido
Nombre, lugar común les concedemos.

Que el nombre de poeta no es debido
Sólo por hacer versos, ni el hacellos
Dará más, que el hacello conocido.

Este renombre se le debe a aquellos
Que con erudición, dotrina, y ciencia
Les dan ornato que los hacen bellos.

Vístenlos de dulzura y elocuencia,
De varias y hermosas locuciones,
Libres de la vulgar impertinencia.

Hablan por elegantes circuiciones,
Usan de las figuras convenientes
Que dan fuerza a exprimir sus intenciones.

Los poetas que fueren diligentes
Observando la lengua en su pureza
Formarán voces nuevas de otras gentes.

No a todos se concede esta grandeza
De formar voces, sino a aquel que tiene
Excelente juicio, y agudeza.

Aquel que en los estudios se entretiene
Y alcanza a discernir con su trabajo
Lo que a la lengua es propio, y le conviene.

Cuál vocablo es común, y cuál es bajo,
Cuál voz dulce, cuál áspera, cuál dura,
Cuál camino es seguido, y cuál atajo:

Este tiene licencia en paz segura
De componer vocablos, y este puede
Enriquecer la lengua culta y pura.

Finalmente, al que sabe, se concede
Poder en esto osar, poner la mano,
Y el que lo hace sin saber, excede.

Por este modo fué el sermón romano
Enriquecido con las voces griegas,
Y peregrinas, cual lo vemos llano.

Y si tú que lo ignoras, no te allegas
A seguir esto, y porque a ti te admira
Lo menosprecias, y su efecto niegas,

Lo propio dice el Sabio de Stagira
A quien Horacio imita doctamente
En dulce, numerosa y alta lira.

Si formaren dicción, es conveniente
Que sea tal de la oración el resto
Que autoridad le dé a la voz reciente.

No se descuide en la advertencia de esto,
Y en cuáles son las letras con que suenan
Bien, y con cuáles mal lo que es compuesto.

Vocablos propios muchos los condenan
Por simples, mas las voces trasladadas
Y ajenas, por dulcísimas resuenan.

Voces antiguas hacen sublimadas
Con majestad y ser las oraciones,
Si las palabras son bien inventadas.

La oración hacen grave las dicciones
Inusitadas, y serás loado
Si cuerdamente ordenas, y dispones.

Una cosa encomienda más cuidado
Que en cualquiera sujeto que tratares
Siga siempre el estilo comenzado.

Si fuera triste aquello que cantares
Que las palabras muestren la tristeza
Y los afectos digan los pesares.

Si de Amor celebrares la aspereza,
La impaciencia y furor de un ciego amante,
De la mujer la ira y la crueza:

Este decoro has de llevar delante
Sin mezclar en sus rabias congojosas
Cosa que no sea de esto semejante.

Si de cosas tratares deleitosas
Las razones es justo que lo sean;
Si de fieras, sean fieras y espantosas.

Acomoda el estilo que en él vean
Las cosas que tratares tan al vivo
Que tu designo por verdad lo crean.

Pinta al Satúrneo Júpiter esquivo
Contra el terrestre bando de Briareo
Y al soberbio Jayán, en vano altivo.

Celosa a Juno, congojoso a Orfeo,
Hermosa a Hebe, lastimada a Ino,
A Clito bello, y sin fe a Tereo.

No estará la virtud en su divino
Trono entre el Ocio vil y Gula vana
Por ser lugar a su deidad indino.

Ni la corona sacra de Ariadna
Esmaltada de formas celestiales
Estará bien ciñendo frente humana:

Estas partes son todas principales
En el Arte, y si en ellas no se advierte
Errarán en las cosas esenciales.

Y vendrá a sucederles de la suerte
Que en la lira una cuerda destemplada
En disonancia las demás convierte.

En la salud del hombre deseada
Una señal de muerte, en mil de vida,
Basta para que muera y sea acabada.

Si la obra en que tienes consumida
Con largo estudio, y con vigilia eterna
La mejor parte de tu edad florida;

Si abstinente de Baco, y de la tierna
Venus, que los espíritus enciende
Y las almas destempla, y desgobierna:

Si Apolo que te inspira, la defiende
Si le faltó la parte de inventiva
De do el alma poética depende:

No puede ufana alzar la frente altiva
Ni tú llamarte con soberbia Homero,
Si le hace la fábula que viva.

De este yerro culparon al severo
Scalígero, y de esto anduvo falto
En su Arte Poética el primero.

Castigo fué que vino de lo alto
Que él criticó al Obispo de Cremona
Y a él le dan por la inventiva asalto.

Así el que aspira a la Febea corona
Observe la Poética imitante
Que es la vía a la cumbre de Helicona.

Parte, ni fuerza tiene tan bastante,
Ni más vida, ni esencia, cuanto tiene
De fábula, que en ella es lo importante.

Después de saber esto le conviene
Al pierio Poeta usar bien de ello
Como no exceda al Arte, ni disuene.

De tal modo es forzoso disponello
Que nadie inore, y sea a todos claro
Sin que la oscuridad prive entendello.

Ha de ser nuevo en la invención y raro,
En la historia admirable, y prodigioso
En la fábula, y fácil el reparo.

Ningún preceto hace ser forzoso
El escribir verdad en la poesía,
Mas tenido en algunos por vicioso.

La obra principal no es la que guía
Solamente a tratar de aquella parte
Que de decir verdad no ¡se desvía.

Mas en saber fingilla de tal arte
Que sea verisímil, y llegada
Tan a razón, que de ella no se aparte.

Nicandro en su Triaca celebrada
Dicen que no es poeta, y que Lucano
No lo fué en su Farsalia laureada.

Históricos los llama Quintiliano
Porque tanto a la Historia se llegaron.
Poetas a Platón y Luciano.

Estos que en sus poesías se apartaron
De la inventiva son historiadores
Y poetas aquellos que inventaron.

No se dan del Parnaso los honores
Por solo hacer versos, aunque hagan
Más que Favonio da a los Samios flores.

Cuando se alarguen más, y satisfagan
Al común parecer, en careciendo
De intención, con poco honor les pagan.

Así, a los que este ingenio va encendiendo
Son metrificadores, no poetas
Cual fué Empedocles que lo fué siguiendo.

Di tú, que a la invención no te sujetas
Y quieres que tu fama sea gloriosa,
¿sin ellas, cuáles obras hay perfetas?

Di, ¿cómo será especie de otra cosa
Aquella que debajo no estuviere
De su género? o ¿cómo provechosa?

Cuando uno o más versos escribiere
Dando Poemas cada día diversos,
No es eso, lo que en esto se requiere.

Menos hace un poeta en hacer versos,
Que en fingir, y fingiendo satisface,
Y no fingiendo cuando sean más tersos.

Así, el que escribe al modo que le aplace
Sin sujetarse a reglas ni precetos,
De estimación carece lo que hace.

Los versos de esta suerte más perfetos
Son oro con alquimia, o sin quilates,
Que valen, pero poco entre discretos.

No faltará quien llame disparates
Esto que voy diciendo, no entendido,
Ni tratado cual cumple que lo trates.

Y será tu razón, si en el oído
Suenan bien, si la lengua es propia y pura,
Alto el conceto, el verso bien medido.

Si de cualquier dición, común o dura,
Se aparta, y va esmaltado de sentencias
Y pone a cada paso una figura.

Si en las imitaciones, y licencias
Poéticas, se hace lo posible,
Déjennos ya estas críticas sentencias.

No tengas lo que digo por terrible,
Ni lo que tú respondes por seguro,
Ni a solo tu conceto por creíble,

Cuando tú hables en lenguaje puro,
Cuando sea tu canto levantado,
Cuando huya el vulgar y frasis duro.

¿Qué piensas tú que importa ese cuidado
Si en lo que imitas perfección no guardas,
Hermosura en lenguaje, y verso ornado?

¿Qué piensas tú que importa, cuando ardas
El corazón, y el alma, alambicando
El cerebro, tras ver lo que no aguardas?

Si en esas obras que te vas cansando
Ni enseñas, ni deleitas, que es oficio
De los que siguen los que vas mostrando:

Luego, razón será imputarle a vicio
Al que de esto se aparta en su poesía
Aunque se sueñe a Febo el más propicio.

En otro yerro incurre el que confía
En adornar los versos de dicciones
Graves, dulces, que hagan armonía.

Si por subir de punto las razones
Usa vocablos altos aplicados
En tiempos diferentes, y ocasiones.

Si los que son del tierno Aleman usados
En la dulzura de la blanda lira,
En la trompa de Homero son cantados.

Ni bien con ellos cantarán la ira
De Marte, ni de Amor los sentimientos
Si del curso debido se retira.

A cada estilo apliquen sus acentos
Propios, a su propósito y decoro,
No sólo tras la voz de los concentos.

Febo se agrada y su piério coro
Que se use en la lírica terneza
El verso dulce, fácil y sonoro.

Y por el consiguiente a la grandeza
Heroica, aplica los vocablos fieros
Con que se sinifique su fiereza.

Peregrinos vocablos, y extranjeros
Sirven a su propósito, y mezclallos
Permitido, es también con los íberos.

Mas deben con tal orden aplicallos
Que su economía y su decoro sea
En el nuevo idioma trasladallos.

El que en este propósito desea
Alabanza, guardando los precetos
Junte al provecho aquello que recrea.

Y tome solamente los sujetos
A que su ingenio más se aficionare
Sin que en ellos violente los efetos.

Vaya por donde el mismo le guiare
Sin torcer, ni hacelle repunancia
Que imposible será si no acertare.

El ingenio da fuerza a la elegancia
Es la fuente, y el alma a – la inventiva,
Y sin él, todo hace disonancia.

Mas importa advertir, que cuando esquiva
Un sujeto, que huyan de forzallo,
Que de acertar, formándolo, se priva.

Cual acontece al marcial caballo
Revolver rehusando la carrera
Sin poder arte o fuerza gobernallo:

Mas si el diestro jinete considera
La causa oculta, y con mudalle el puesto
Hace lo que al apremio no hiciera.

Claro tenemos el ejemplo de esto
En el que hizo el “Sueño” a la viuda,
Y a Venus el jardín tan deshonesto.

Que siempre fué su Musa tosca y muda,
En no siendo lasciva y descompuesta,
Y en siendo obcena, fácil fué y aguda.

Otra Musa siguió los pasos de ésta
Y de su mala inclinación el uso
Cual en sus torpes obras manifiesta;

Que ninguna de muchas que compuso
De sujetos de ingenio y regalados
Dejó de dar molestia y ser confuso;

Y como fuesen versos aplicados
A pullas, que era el centro de su ingenio,
Fué admirable y los versos extremados.

Yo conocí un poeta cuyo genio
Se aplicó siempre a varios argumentos,
Y en especial a los que el dato Ennio.

Astro no dió favor a sus intentos,
Ni jamás hizo cosa en que no viesen
Lánguidos versos, bajos pensamientos.

Y como sus amigos le advirtiesen
Del bruto estilo, y zafia compostura,
Y los propios escritos lo dijesen:

Echó de ver que toda su escritura
Era sin arte y llena de rudeza,
Sin medida, ni buena contextura.

Que las cosas comunes sin alteza
En lugares sublimes colocaba,
Y las sublimes las ponía en bajeza.

Que en los sagrados épicos usaba
Concetos ordinarios, inorando
La majestad que en ellos demandaba.

Que nos les iba a sus escritos dando
Hermosura con flores y figuras,
Que en variedad los fuesen esmaltando.

Que las diciones ásperas y duras
No supo corregir, y usando de ellas
Las nuevas ofuscó y dañó las puras.

Sin alcanzar, después de no entendellas,
Consistir la ecelencia a la Poesía
En variedad de elocuciones bellas.

En esta congojosa fantasía
Su triste y laso espíritu rendido
A mil perturbaciones le ofrecía.

Lleno de confusión, entristecido,
Rompió el silencio, levantando al Cielo
La voz diciendo, de dolor movido:

¡Oh, tú, Deidad que el tenebroso velo
De la caliginosa sombra ahuyentas
Con luz divina, esclareciendo el suelo.

¡Oh, tú que los espíritus alientas
Y con tu influjo celestial inspiras
Las que en tu solio y a tu lado asientas:

Y coronando de laurel sus liras,
Su gloria haces cual la tuya eterna,
Y hombres y orbes con su canto admiras.

Si el mío tu sacro espíritu gobierna,
Si en mis escritos invoqué tu nombre,
Y en la dulzura de mi Musa tierna:

Dime, ¡ay de mí!, ¿por qué no hallo un hombre,
Ya que tú desdeñas de escucharme,
Que en oyendo mis versos no se asombre?

¿Dejo de trabajar, y fatigarme
En el cómico y trágico argumento,
Y en las sátiras libres desvelarme?

¿Dejo de hacer notorio el sentimiento
De mis ansias, en élegos llorosos,
Y en líricos suaves mí tormento?

¿Dejo de celebrar héroes famosos
En verso heroico, a Marte consagrado,
Y en épicos, oráculos gloriosos?

Si en esto, como sabes, he gastado
Mi alegre juventud, y en alabanza
De dioses cien mil himnos he cantado,

¿por qué permites sin hacer mudanza
Que en tan infame abatimiento vea
De mis largos trabajos la esperanza,

Y que no hay sabio ni hay vulgar que lea
Mis obras, que no vuelva el rostro dellas
El que más las alaba y lisonjea?

¿Es justo así que sufra escarnecellas?
¿Es justo así ver yo menospreciallas?
¿Es justo así que dejes tú ofendellas?

Si no es justo, y tú debes amparallas,
Como deidad suprema y retor suyo,
Acude, ¡oh, sacro Apolo!, a remediallas.

Acude a este sufragáneo tuyo,
Acude, Apolo, a la infelice suerte
En que en tan triste deshonor concluyo.

Revélame algún arte con que acierte
A hacerme estimar y ser de aquellos
A quien tu aliento en otro ser convierte.

Ya podiste sacar alguno dellos
De oficios viles de alquilada gente,
Y preferir los cómicos más bellos.

Y de un sueño podiste solamente
Hacer poeta al que guardaba cabras
Y que en tu coro junto a ti se asiente.

Estas no son quimeras, ni palabras;
Cosas son pregonadas y sabidas
Que en tus divinas oficinas labras.

Cosas son a ti Bolo concedidas,
Y a quien ofrezco humilde y congojoso
Estas húmidas lágrimas vertidas.

Esto diciendo, le juntó un sabroso
Sueño los blancos párpados, quedando
A su dulzor rendido con reposo.

Y estuvo de esta suerte reposando
Lo que la oscura sombra cubrió el mundo,
Con Febo, según dijo, consultando.

Y resultó de allí, que en su profundo
Sueño, le reveló el conocimiento
De aquello en que su ingenio era fecundo.

Sacudió el perezoso encogimiento
Que tenía sus nervios impedidos
Con la dulzura del netáreo aliento.

Revolvió sus papeles conocidos
De tantos años, con afanes tantos
Sustentados a fuerza y defendidos.

Y dijo, ya no quiero más quebrantos
En esta ceguedad, sirva el anillo
De Ciges que deshaga estos encantos.

El ingenio que supo mal regillo,
Arrebatado de él, cativo y ciego
Por tantos disparates, di en seguillo;

Ahora que a la sacra luz me llego
Estas obras que hice sin seguilla,
Contra mi natural, mueran en fuego.

Sin más hablar, ¡oh, extraña maravilla!
Que un hombre así con su opinión casado
Poder tan fácilmente reducilla:

Y cuanto tenía escrito y trabajado
Por este parecer que eligió solo
Sin dejar hoja, al fuego fué entregado.

Y por acuerdo, cual decía, de Apolo
Siguió lo que en su ingenio le ditaba,
Y lo demás que le dañó, dejólo.

Y de tal modo desde allí observaba
Las leyes de su ingenio, que ninguna
Por ocasión ni fuerza traspasaba.

Conociendo contraria su fortuna
De lo que fué, huyó constantemente
Cuanto el ingenio con hastío repuna.

Dió en hacer coplas de plebeya gente
Sin majestad heroica ni artificio,
En que su natural era ecelente.

A Séneca dejó el lloroso oficio
De la tragedia, a Plauto y a Cecilio
De la vulgar comedia el ejercicio.

Cantar las armas remitió a Virgilio,
Al de Ascra de Dioses – y labores,
A quien dió Apolo celestial auxilio.

La lírica dulzura y los amores
A Horacio y a Tibulo, y al fogoso
Juvenal murmurar vicios y honores.

Y un argumento humilde, aunque gracioso,
Eligió, que su ingenio lo dispuso,
En que ecedió al más alto y generoso,

Libre del Caos que le traía confuso,
Cantó, en heroico plectro la ecelencia
De la Tarasca, con ingenio infuso.

Cantó su natural y descendencia,
El origen, la causa, el fundamento
De hacer en Sevilla su asistencia.

Por qué sale en tal fiesta y con qué intento
Se le entregó a la gente que la tiene
A su cargo, y dó fué su alojamiento.

Esto vistió de cuanto en sí contiene
Un heroico poema, sin faltalle
Parte de cuantas observar conviene.

De aquí nació seguille, y estimalle,
Y entre los más ilustres escritores
La Tarascana nombre eterno dalle.

Mereció conseguir estos honores
Porque siguió su ingenio y dejó aquello
Que fué ocasión de todos sus errores.

Cherillo mereció de no hacello
La poca estimación, y la memoria
Que en tal abatimiento fué a ponello.

De la gloriosa Atenas la vitoria
Contra Jerjes cantó, de ingenio opreso
Y cómo, opreso así, le dió la gloria.

Tenga el poeta en la memoria impreso
Esto, y con este ejemplo no se aparte
De lo que tengo del ingenio expreso,
Quél es la forma y la materia el Arte.



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Poema EpÍstola i - Juan De la Cueva