Oda decimotercera

A ti levanto mis manos,
-tú, que viste el robo de mis manos,-
Y dejaste que el ladrón
Las llevara a las oscuras cámaras
Del vacío recamado de perlas
Y sellado de oro,
Que tiene dentro a la piel fría,
A la serpiente, a la viscosidad,
A la sombra, al ojo ciego,
A la humedad, a la lengua blanduzca y aguda,
Al salto disimulado, al silencio ondulante,
A la traición ovillada,
Al veneno forrado de marfil,
Al negro vinoso, a la envidia selvática,
Al disgusto umbrío, a la astucia voluptuosa,
A la rabia reprimida, a la pereza antigua,
A la ofensa callada, al cálculo verde,
A la impotencia astuta, a la crueldad indiferente,
A la ira añeja, a la cautela vinosa,
A la tristeza rampante, al puntiagudo fuego,
Pero alisado en hielo que calcina,
A la quietud del movimiento
Que inmediatamente puede agitar
Contra lo alto el filo rojo de la lengua
Desde el lecho ahuecado por lo solo,
-por lo para siempre perdido,-
Si todavía quieres que los mastines furiosos
Disputen mis venas
Como a las algas el oleaje
Por el ahora, y en el nuevamente ahora
Desgarradas hasta siempre,
Si todavía quieres que los leopardos
Lleguen más allá del desierto
Hasta la humilde lámpara,
Hasta la solitaria choza
En donde se arrodillan los pensamientos
Como semillas en la tierra
Para que crezcan los árboles,
En donde los sentimientos
Como los chorros irisados
En verticales frescas horadan la noche,
-la fuente que vence
Al gran caracol del miedo,-
Si quieres que todavía allí,
En esa tierra fértil crezcan la zarza y la aruera,
Y el loto del Hueco,
Que asciende de la laguna Estigia,
Como un largo índice silenciante,
El solo, el enemigo de los vegetales festivos,
Se clave en mi indefenso corazón,
Si todavía quieres que los custodios
De la cárcel de los deseos,
Aprieten el calor, la savia, el jugo, el olor,
Que anima los pensamientos y sentimientos,
Que los grandes perros grises del Polo
Estrujen el hueso de sus carnes tiernas,
-igual de día que de noche,
Con el viejo serrucho de sus dientes
Sobre el hielo interminable,-
Si todavía quieres que la aurora boreal
Dure sobre el suelo templado
Donde el deseo del sol es comido
Por el gran vacío, por la sola única
Perpetua ama doméstica
Llamada tristemente costumbre,
Si quieres que la avaricia legal
Acuse todavía a la pobre gacela de la ternura
En el verde tribunal del bosque,
Y la ejecuten los cazadores
De palomas dañinas
Por haber confundido a los erizos de las harpías
Con hojas de hierba fresca,
Si todavía quieres verme castigada
Por haber confiado en el sitio sagrado,
En el allí mismo,
En el oro llamado siempre, donde debes reinar,
Donde Manovacías, – taciturno ladrón de la sonrisa,-
Robó tu nombre,
-el gran usurpador de los ángeles,-
Y disfrazó su muerte con tus trajes radiantes,
Si así lo quieres, ¡oh Dios Desconocido!,
Ten piedad de mí.


Poema Oda decimotercera - Orfila Bardesio