Llegaba el verano
y no íbamos al mar.
En esta guarida de pobreza
no habían aviones que abordar
hacia otros países;
el planeta se reducía a estas calles
que conocíamos con los ojos vendados.
Muchos de nuestros juguetes
los hicimos con nuestras propias manos;
corríamos por el barrio
hasta la muerte del sol
y volvíamos a casa,
evadiendo el regaño y las preguntas,
como quienes viven
entre el miedo
y las ganas de crecer.