Teníamos un estadio de Fútbol
sólo para nosotros.
Era la algarabía nunca vista,
excepto al llegar mayo
cuando volvían a clases
los alumnos del Instituto Nacional.
Y, sin remedio,
replegados, escurridizos,
merodeábamos por la muralla viéndolos jugar
con envidia y con rabia,
hasta desquitarnos en el próximo verano.