Eterno juego en los ojos

En los embarcaderos nos engaña el aroma

De las algas vencidas de los peces amargos…

Roque Dalton

Una plegaria dulce palpita alrededor de los féretros.

La muerte es un sonido que espero

Entre esta prisa de vivir bajo la zozobra

Y una casa con sus techos caídos.

Siempre sentí su piel debajo de las sábanas.

Era una luz ensimismada tocando la medianoche,

Picoteando los nervios con su polilla,

Invadiendo el espíritu de espesa neblina.

Es la hora, pienso.

El instante de esa hora que se torna en nada.

La vida en un viaje a cero,

Fin del hábito del cuerpo de transitar

Sin caer en esas lentísimas campanas del vacío.

Es la hora, pienso.

Siento sus labios como los pies la espuma del mar.

El rostro tiene ese perenne adiós de madera quemada

Y el filo de un relámpago sobre las rocas.

Está aquí, humeante sobre la ventana.

En un segundo me vi en ella,

Habitante de ella junto a Sansón o a Job,

Sobre dólmenes, criptas o, simplemente mausoleos.

Eran ellos y yo, todos los muertos

Habitantes subterráneos del fuego,

De peces siderales con lámparas sangrantes.

Era yo cuando la sangre penetró otro espíritu.

Era yo frente a las luciérnagas del vacío.

Sigo siendo yo, es verdad, con otro corazón

Entre labios fugados

Y una soledad con osamentas.

A fin de cuentas, este es el hilo transparente de la realidad.


Poema Eterno juego en los ojos - André Cruchaga