A un ministro: sobre la utilidad de la historia

Ya el invierno de nubes coronario,
detuvo en hielos su corriente al río:
brama el Boreas. Felices
campos, adiós, y tú, valle sombrío,
a los placeres del amor sagrado,
Venus hoy te abandona y los Amores,
y el sol, cercano al capricornio frío,
de la noche los términos dilata.

No toleremos, no, que voladora
así pase la edad, si los mejores
instantes que arrebata,
negamos del estudio a las tareas.
Por él, mi dulce amigo,
la razón conducida,
recibe del saber altas ideas.
En la carrera incierta de la vida
dirigir puede al hombre, y enemigo
del ocio torpe y la ignorancia obscura,
o le presta consuelo
en la adversa ocasión, o le asegura
el favor de la suerte:
justa obediencia, y justo imperio enseña.

Si a ti benigno el cielo
miró al nacer y hoy colma de favores;
pues no a las letras proteger desdeña
tu mano generosa,
ellas su auxilio deben ofrecerte.
Que no siempre de flores
la senda peligrosa
de la fortuna encontrarás cubierta:
ni el timón abandona el marinero,
por más que el viento igual, propicio espire.

Docta la historia, ejemplo verdadero
a tu razón presente,
de lo que habrá de ser, en lo que ha sido.
Mira en ella los pueblos más famosos
que redimen sus fastos del olvido,
si políticos ya, si belicosos,
a tanta gloria, a tal poder llegaron
si en ellos se admiraron
justicia, humanidad, costumbres puras,
si fue de la virtud asilo el trono;
si la ignorancia, las venganzas duras,
el ocio corruptor, el abandono,
dieron causa a su estrago.

Ya no existís, naciones poderosas,
vuestra gloria acabó. Tyro opulenta,
Persépolis, y tú, fiera Cartago,
enemiga del pueblo de Quirino,
ya no existís. Dudoso el caminante
en hórrido desierto
os busca, y el bramido
de las fieras le aparta. La corriente
sigue al Eúfrates que tronando suena,
y el lugar desconoce
donde la Asiria Babilonia estuvo
que al héroe macedón miró triunfante.
Hoy cenagosos lagos, corrompido
vapor, caliente arena,
áspera selva, inculta, engendradora
de monstruos ponzoñosos
encuentra solo; y la ciudad que pudo
del vencedor romano.
El yugo sacudir, Palmira ilustre,
yace desierta ahora,
sus arcos y obeliscos suntuosos,
montes son ya de trastornadas piedras,
sus muros son ruinas.
Hundió del tiempo la invisible mano
entre arbustos estériles y hiedras,
los pórticos del foro
en columnas de Paro sostenidos,
basas robustas y techumbres de oro
donde el arte expresó formas divinas…
¡Memorias de dolor! Allí apacienta
su ganado el zagal, y absorto admira
como repite el eco sus acentos,
por las concavidades retumbando.

De tal desolación la causa mira,
no tanto en los opuestos elementos
embravecidos, cuando
al austro obscuro el aquilón compite,
y Jove en alto carro conducido
fulmina a los alcázares centellas:
o cuando en las cavernas oprimido
del centro de la tierra, el fuego brama
con rumor espantoso,
y en su reventación muda los montes,
ciudades arruina,
hierbe el mar proceloso,
y arde en sus ondas la violenta llama.
Que el hombre, el hombre mismo,
sí a la maldad declina;
desconociendo términos, excede
a las iras del cielo y del abismo.

Triunfó insolente la impiedad, faltaron
las leyes, el pudor, y los robustos
imperios de la tierra
debilitó cobarde tiranía:
las delicias funestas enervaron
el amor de la paria, el ardimiento,
la disciplina militar y el día
llegó terrible de discordia y guerra,
que al orgullo mortal previno el hado,
para ejemplo a los siglos espantoso.
Y como desatado
suele el torrente de la yerta cumbre
bajar al valle, y resonando lleva,
roto el margen con ímpetu violento,
árboles, chozas, y peñascos duros,
rápido quebrantando y espumoso
de los puentes la grave pesadumbre,
y la riqueza de los campos quita,
y soberbio en el mar se precipita;
así, barbaras gentes, descendiendo
del norte helado en multitud inmensa
contra la invicta Roma, estrago horrendo,
muerte y esclavitud la destinaron;
y al orbe que oprimió dieron venganza.
Así, en edad distinta,
osado el Trace, sin hallar defensa,
excediendo el suceso a la esperanza,
trastornó los imperios del oriente,
el trono de los Césares, la augusta
ciudad de Constantino.
Grecia humilló su frente:
El Araxes y el Tigris proceloso,
con el Jordán divino
que al mar niega el tributo,
las Arabias y Egipto fabuloso,
en servidumbre dura
cayeron y opresión. Gimió vencida
la tierra que llenó de espanto y luto,
de sus vagos ejércitos impíos
la furia poderosa.

Mas como suele en los despojos fríos
que al sepulcro voraz lleva la muerte,
buscar alivios a la frágil vida
la física estudiosa;
tú así, en la edad pasada examinando
de tantos pueblos la voluble suerte,
las causas de su gloria y su ruina;
propio escarmiento harás la culpa ajena,
experiencia el aviso,
y natural talento la doctrina.
Verás entonces que el que sabe impera,
y en medio de las dichas preparando
el animo robusto
contra la adversidad, o la modera,
o la resiste intrépido. Que el mando
es delicioso; si templado y justo
la unión social mantiene,
los intereses públicos procura,
la ley se cumple, y ceden las pasiones.
Que el poder, no en violencia se asegura,
ni el horror del suplicio le sostiene,
ni armados escuadrones;
pues donde amor faltó, la fuerza es vana.

Tú lo sabes, señor, y en tus acciones
ejemplo das. Tú la virtud obscura,
tú la inocencia amparas. Si olvidado
el mérito se vio, tú le coronas:
las letras a tu sombra florecieron,
el celo aplaudes, el error perdonas,
y el premio a tus aciertos recibiste
en placer interior que el alma siente.

¡Oh! Pues tan altos dones mereciste
al numen bienhechor, que generoso
igualó con tus prendas tu fortuna;
roba instantes al tiempo presuroso,
ilustrando la mente
con nuevas luces si te falta alguna.



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Poema A un ministro: sobre la utilidad de la historia - Leandro Fernández de Moratín