A Pablo Neruda
Yo veo a tu dragón, llorando ciego,
con el hambre clavada entre las cejas,
lamer la sombra, cuando tú te alejas
y queda yerto el polvo de tu fuego.
Zozobrar en el rojo, ingente riego
de fluviales hespérides complejas,
limpiar su pelo de memorias viejas
y sonreir, agonizando luego.
Si la piedad su tierna flor incuba
para ti, entre blasfemias y escorpiones,
el placer del martirio es tu camino.
Cuando a tu frente el sacro aliento suba,
cautiva el canon, luz de sus lecciones,
y plántalo en el centro de tu sino.