El orden vive lo que vive el día
Y, a la tarde, retorna la tortura:
El mar de sangre y los dorados dioses,
El sueño de la torre y la doncella.
Las calles de Milán fatigo entonces:
Cruzo frente a los patios escondidos
Y los grandes palacios apagados
Mientras me empuja la ansiedad insomne.
Huyo de mí, que sueño lo terrible,
Los sueños que penetran un segundo
La inesperada luz de la vigilia,
Zarandeando el corazón inerme.