En la restauración del templo de nuestra señora de la soledad, en la villa de santa maría

– I –
En la florida Mallorca
Existe una antigua villa,
Risueña como sus campos,
Su nombre es Santa María.
En ella un templo se alza
Donde la imagen bendita
De la Reina de los Cielos
Cual astro fulgente brilla.
Allí de los fieles todos
Recibe oblación cumplida,
Y por contemplarla vienen
Desde apartadas orillas.
El pueblo con fe profunda
Invócala en sus desdichas,
Y al punto la estrella luce
De su esperanza perdida.
Ha siglos dulce consuelo
Es de las almas sencillas,
Que en ella miran la escala
Que segura al Cielo guía.
¡Oh, feliz el que por ella
Del mundo la pompa olvida!
¡Feliz el que siente y llora
La soledad de María.

– II –
¿Por qué en los semblantes ho
Profunda ansiedad se pinta?
Grata ventura cual antes
¿por qué no reina en la villa?
¿Tal vez bramadores vientos
Asolaron sus campiñas,
Y perdida su fortuna
Los tristes labriegos miran?
¡Ah! no; que florido el campo
Propicio siempre les brinda
Los tesoros de su seno,
Justo premio a sus fatigas.
Todo a la vista sonríe,
Tristeza tan sólo inspira
El sacro templo, trocado
En solitarias ruinas.
En él implacable el tiempo
Posó su planta atrevida,
Y a completar su obra acaso
Vinieron manos impías.
Por eso con pena amarga
El pueblo la frente inclina:
Llorar no puede en su templo
La soledad de María.

– III –
Mas ¡oh placer! cesa el duelo
Y torna a brillar la dicha,
Cual luce cándida aurora
Tras lluviosa noche umbría.
Ya el pueblo corre anhelante,
Y en sus cantares publica,
El gozo que su alma siente
Y el noble afán que lo guía.
Su arruinado santuario
De nuevo alzado se mira,
Al impulso generoso
De la reina de Castilla.
Y al ver en su solio antiguo
La santa imagen bendita,
Por la piadosa Isabela
Votos al Eterno envía.
¡Oh, venturosas mil veces,
Almas nobles y sencillas,
Que realizada miráis
Vuestra esperanza querida!
Llegad al templo, que al Cielo
Conduce la Fe divina
A los que en la tierra lloran
La soledad de María.


Poema En la restauración del templo de nuestra señora de la soledad, en la villa de santa maría - José Lamarque de Novoa