Oda duodÉcima

Por haberme dejado en la tierra de los lobos hambrientos,
Por haberme dejado en las fauces abiertas
Del dragón de la muerte,
Por haber permitido que los perros salvajes de la demencia
Se disputaran mi corazón,
Por haber permitido que los guardianes del desierto,
-los largos y flacos diablos de la estepa,-
Me llevaran a la eterna llanura
Salada de las lágrimas,
Por haber permitido que las duras horquillas del pánico
Se hincaran en mi carne y me arrojaran al polo
De la intemperie desolada,
Por haberme dejado en la mazmorra
De las flores muertas, de las piedras agudas,
De las aguas hediondas, de los cóndores ávidos,
En el territorio soleado por las tinieblas evidentes
De los hastíos, de los tedios forrados de caricias
Que usan las furias
Para esconder sus uñas afiladas,
Por haberme dejado incendiar en los ojos eléctricos
De la pantera silenciosa que ondula entre las hojas
De la selva de los bienes mentidos,
Por el tigre cebado que saltó sigiloso,
Confundido con las innumerables cifras verdes
De follaje de las plantas amargas,
Y peló mi cabeza, y quebró mi osamenta,
Y saboreó el lugar donde los pensamientos anidaban,
Y lamió mi pasado, y mi presente, y mi futuro,
Y ensució mis recuerdos con tierra cenagosa,
Por haber permitido que las desconfiadas harpías
Picotearan mi corazón
Cuando estaba maduro como un fruto de estío
Hasta dejarlo sin sangre, sin seda, sin agua,
Sin membranas, sin licor, sin pichones,
Por haber permitido que los buitres
Robaran los ojos de mi cara
Cuando miraban por las ventanas
Del castillo de los prados altos,
Los pavorreales, los cisnes, los corderos, las palomas,
Los ciervos, las garzas, las menudas abejas
Doradas y gloriosas, los picaflores extasiados,
Los lirios, los lotos, los gladiolos elegantes,
Y los ardidos crisantemos
Quemados por amarillos,
Rojos, celestes, anaranjados,
Blancos fuegos, los nenúfares
De piel de príncipe,
Los verdes ternísimos
Que a los pies de papiros milenarios
Se animaban a suspirar,
Y latidos fragantes
Del jardín llamado todo
Expandían sístoles diurnos
Y diástoles nocturnos,
Y la nada era una mendiga de flores,
Y en ese momento
Mis ojos fueron llevados
Al acantilado por los buitres,
A los húmedos fiordos negros
Del océano Liso donde reinan
Los vientos del hambre,
Y sólo el gris,
El gris, señor de la comarca del Bostezo,
Estira sus brazos esqueléticos,
Y cuando caen las manchas rojas calientes
Del pecho del pelícano moribundo
No llegan a los buches
De sus hijos que pían,
Porque antes -¡mucho antes!-
Los picos de los buitres celosos
Los devoran rápidamente en el aire,
Por haber permitido que fuera así,
¡oh Dios desconocido!,
Te doy gracias.


Poema Oda duodÉcima - Orfila Bardesio