La materia del canto es la memoria,
no lo que viste, pues el ciego entonces
no cantaría jamás.
Y no es lo que escuchaste, pues el sordo
no hubiera escrito dolorosamente
aquella sinfonía con los coros
que hacen estremecer tu corazón.
Y el tacto, que es efímero,
decide trasladar a la memoria
lo que ha convenido que se toca.
Hoy puedes aromar la sopa de habas
que solía recordar López Velarde:
No hay plato alguno y nadie guisa,
pero el sabor se guarda en tu memoria
y lo degustas siempre, silencioso.
No debes olvidarlo. Es evidente:
la materia del canto es la memoria.