La advertencia

Incauto joven, mi musa
en su tormento, te encarga
que no des dentro del pecho
al tirano Amor posada;
y que cuidadoso evites,
con diligencia estudiada,
las incurables heridas
de los tiros de su aljaba.
Pues el niño Dios de amores
es de condición tan mala,
de proceder tan perverso
y de tan poca constancia,
que cuando con sus caricias
nos entretiene y halaga,
cuando más nos favorece,
y cuando con fuerza extraña
los contentos, los placeres,
parece nos procurara;
veloz huye, y con presteza,
revoloteando las alas,
en busca de nuevas víctimas
se precipita con ansia,
dejándonos ya cautivos
de una hermosura tirana.
Entonces, ¡mísero estado!
¡Situación jamás pensada!,
el sosiego y la quietud
que antes el pecho gozaba,
de improviso se convierten
en pesares que ignoraba;
en angustias, en tormentos
que martirizan el alma.
La ingratitud, el desprecio,
la tibieza con que ufana
corresponde a tu amor tierno
tu querida idolatrada,
son dogales, son martirios
que de ti no se separan,
y que como sombras siguen
a tu fervorosa llama.
Y por fin de tu dolencia
la fortuna te depara,
o un rival que, afortunado,
tu gloria y bien te arrebata,
o la ausencia que, insensible,
divide pechos que se aman:
pues no hay desdicha mayor
que ver su dicha robada,
o carecer de la vista
de aquélla que se idolatra.
Y como esto y mucho más
dentro de mi pecho pasa,
no te entregues al amor
mi triste musa te encarga.


Poema La advertencia - Miguel W. Garaycochea