Nada tienes que decir, después
De tantos años de inútiles esfuerzos
Por nombrar lo indeciso.
Te ayudan a saberlo un puñado
De libros, la atroz benevolencia
Que adiestra tu mirada,
Los continuos achaques, la soledad
Y los amigos.
Tu corazón pervive
Como aguardan las piedras
En la orilla del río.
Son hermosas y limpias como tardes de otoño.
La suave tolerancia que propicia la edad
Te permite mirarlas con un resto
De emoción, te induce
A compartir su invisible desgaste
Con indiferencia.