Casi un fantasma en la plaza
escucho el repentino vuelo de las palomas.
Ahora los niños me tiran piedras
y sueno a bofo.
Otros persiguen con escupitajos a las hormigas.
Lo único bueno de estos ¡cabrones!
son sus madres,
jóvenes aún
y de vestidos ligeros.
La luz parece desnudarlas
en su distraída conversación.
Por eso me quedo aquí,
alimentando a las aves
o a la befa,
conteniendo la respiración
y el encanto.