El estÍo

Cuncta terrarum subacta,
Præter atrocem
animum Catonis.
HORAT.

Gala y beldad y juventud y copia
De frutos varios ufanosa ostenta
Natura; y hombres, brutos,
Inanimados troncos,
Rudos peñascos y ligeras auras5
De la gran madre la fecundia sienten.

Desde el alto cenit, el que en su seno
Derramara calor vivificante,
Monarca de los días
Se huelga en contemplarla;
Y los bridones férvidos reprime,
Que el carro arrastran en tardío curso.

¡Astro mayor del firmamento, salve!
¡Desparcidor de tempestades, fuente
De luz, amor del mundo!
Sobre los cerros patrios
Hijo yo del ardiente mediodía
Vengo a adorarte ¡oh Sol! y en ti me gozo.

¡Divinidad! ¿de esos ardientes rayos
Inspiradores de entusiasmo y vida,
Porque al poder inmenso
Las testas de los héroes
Lozanas otra vez no se resucitan,
Como el fresco botón de la azucena?

Y las que yacen en silencio antiguo
Ciudades de alto nombre entre ruinas,
¿Por qué otra vez sus torres
Y gigantes murallas,
Cual de hojas nuevas pirenaico abeto,
De activa muchedumbre no coronan?

¡Ay! ¡qué es el sueño de la muerte el suyo!
Y lo duermen los hijos de la Fama,
Y Babel y Palmira,
Y contigo ¡oh Cartago!
Que el Beduino galopando insulta,
Tu funesta rival también lo duerme.

A esclavitud, asolación y muerte,
¡Oh Roma! condenada desde el punto
Que la virtud antigua
Y severas costumbres
Mofando, el oro y fútiles arreos
Cual sierva persiana apeteciste.

Hacia ti con deseos criminales
La su vista de águila volviera
Entonces de las Galias
El domador, cual mira
Hambriento azor de la región del éter
La que va a devorar tímida garza.

¡Astro del Orión! hermoso brillas
En las noches de otoño; mas tu lumbre
Nuncia de tempestades
Llena de luto el alma
Del labrador, que en torno el duro lecho
Enjambre ve de nudos parvulillos.

Mensajera de mal la estrella Julia
Así de Italia apareció en el cielo,
Cuando el falaz caudillo
Su corazón de piedra
Cerrando de la patria al triste ruego,
El prohibido Rubicón salvaba.

Consternación!!! Desatentada inunda
La ítala gente la ciudad eterna;
Los padres la abandonan,
Y el héroe en quien su amparo
Creyó encontrar. “-¡Huyamos!… Do los libres,
“Allí Roma estará y allí la patria.”

Mas ¡ay de mí! Los libres han caído!!!
Cual rápido huracán impetuoso
Desde tu amena margen,
Oh Segre, a las comarcas
Tésalas vuela el dictador impío
Y victoria fatal sigue sus huellas.

Entonces fue que la indomada frente
Con la corona universal ceñida
Roma humillara al yugo:
Lo vio vengada Grecia,
Y un grito alzó de júbilo, que el eco
Repitió de Numancia en las ruinas.

Fue entonces que gloriosa muerte huyendo
Muerte halló infame el adalid vencido;
Y ¡oh baldón! imploraron
Un perdón de ignominia
Los viles campeones de la patria;
Y esclavo prosternose el orbe todo:

Mas no Catón; que de la infausta lucha
Un noble hierro conservara el héroe,
Y pensó “aún soy libre;”
Y contempló sin grima
A las úticas torres avanzarse
Del parricida Capitán la hueste.

Ni un solo acento pronunció: brumaban
Ideas de dolor su alma sublime.
La raza de Quirino
Vio envilecida; viola
De romper incapaz el nuevo yugo
Y el alto espirtu recobrar antiguo:

Y a su destino obedeció… Y en balde
Pensó el Liberticida entre la turba
Verle de sus esclavos:
En balde; que al impío
Soberano poder da acaso el Numen,
Pero el imperio de las almas nunca.


Poema El estÍo - Manuel de Cabanyes