Era el instante del adiós: callaban,
y sin verse las manos se estrechaban
inmóviles los dos.
Almas que al separarse se rompían,
temblando y sin hablarse se decían:
“He aquí el instante del postrer adiós”.
Doliente como el ángel del martirio
ella su frente pálida de lirio
tristísima dobló;
quiso hablar, y el sollozo comprimido
su pecho desgarró con un gemido
que el nombre idolatrado sofocó.
Y luego con afán, con ansia loca
tendió sus manos y apretó su boca
a la frente de él.
Fue un largo beso trémulo… y rodaba
de aquellos ojos que el dolor derrama
copioso llanto de infinita hiel.
El lo sintió bañando sus mejillas,
y cayó conmovido de rodillas…
Sollozaban los dos.
Y en un abrazo delirante presos
confundieron sus lágrimas, sus besos,
y se apartaron… sin decirse adiós.