Baudelaire

(Transparencia en rojo)
Un espíritu, una sombra pasó frente a mi rostro
y el vello de mi carne se me puso de puntas.
Elifaz de Teman (Job 4:15)
Baudelaire: cerebro crudo.
Alma llena de sangre:
alma que es un rubí como un puño cortado.
Leo
y tengo a Dios en las venas.
Y el cielo a punto de llorar.
Pero no llueve.
Tan sólo se humedece el aire claro.
Baudelaire: alma suelta, labios apretados.
Entre sus dientes tiemblan las uvas y el agraz.
Dolor: copa de llanto.
Cilicio, aguja, espina, brasa viva para el ojo del niño:
para la fresca piel de la Inocencia.
El padre muere: hachazo.
Mamá se casa con Aupick: sal sobre la herida.
Nos ofende la vida en tantas formas.
El mariscal Aupick lo quería diplomático.
Ah, el insoportable Aupick, siempre tan correcto.
Era más tolerable viajar hasta Calcuta.
Soportar marineros y soldados ingleses.
Y resistirlo todo, incluso el mar,
el intolerable mar.
Pero los marineros
que atormentan albatros y torturan poetas
no merecen tanto.
Calcuta es demasiado.
Es mejor regresar.
Calcuta se quedará sin Baudelaire.
Los ojos de Baudelaire nunca verán Calcuta.
Desesperado, solo, exasperado,
desgarrado, maldito, abandonado,
hostil y dulce, santo y condenado,
vil, amargo, feroz, envenenado,
desencantado, trémulo y alado.
Después
los setenta y cinco mil francos
como herencia de Monsieur Baudelaire
y la vivienda de dandy frente al río.
(Mirad la larga cabellera del poeta
sobre su atuendo de galán:
la muerte, ante sus ojos, baja la vista.)
Y el río fue mirado por aquella cabeza que pintó Delacroix
y que tú, oh Charles Baudelaire, mirabas diariamente.
Pero a ti, a Delacroix, a la cabeza y al río,
los miraba, en la sombra, un patriarca mayor:
el Dolor.
Tenías aquella mesa de nogal,
aquel “mueble de genio” que celebró Banville
y en el que hubiera sido tan difícil escribir cosas vulgares.
La mesa floreció
y un nuevo escalofrío hizo despertar al siglo.
A varios siglos dormidos a su alrededor.
Las flores del mal.
Saltan chispas en el lomo del siglo
como en el lomo de aquel gato de ojos fosforescentes
que juega con las almas perdidas
en la oscuridad.
Ah, Baudelaire, espantando burgueses con frases como
Yo, que soy hijo de cura…
o
Cuando arrojé a mi querida por el balcón…
o
¿Ha comido usted sesos de niño?
o
Después de haber asesinado a mi pobre padre…
dichas con aquella naturalidad, con aquella corrección.
Temblarás, Baudelaire, ante el misterio de una mujer desnuda.
Las mujeres…
¿qué conversación pueden tener con Dios…?
Lo preguntabas porque lo sabías.
La verdad es aristocrática:
una mujer conversando con Dios: el Monólogo.
Y aquella Venus negra.
La negra de ancha grupa y ojos profundos como el Deseo.
Por la negra la locura, el amor, los celos,
la rabia, el odio.
Y sentir su desprecio, su desdén.
¿Qué pueden saber de eso los señoritos que se recuestan
en el hombro de un viejo pederasta?
(Qué pequeño es el diablo Rimbaud junto a este santo amargo.)
Baudelaire:
de su libro nos caen en la inerme pupila
las purísimas gotas de un líquido diamante rabioso:
la humana flor.
Hierve en las venas Dios
cuando leemos sus versos, cuando comemos pétalos de flor,
cuando comemos su corazón crudo.
El mariscal Aupick te quería diplomático,
te quería “hombre de bien”
y tú le diste esas flores del mal
capaces de engendrar el fruto de la Inmortalidad.
Después vendría el triste señor Pinard y aquel proceso
que instituyó la Estupidez contra el Genio.
Y la miseria, las deudas, la cárcel
y los préstamos,
ante los cuales se humilla el santo
recibiendo en la frente
el sucio escupitajo de Mammón.
Y Jeanne Duval, la antigua reina negra,
se convierte en un espantajo paralítico:
en un bagazo de hospital.
Y el Poeta, solo,
maldice su raíz
(sus “antepasados idiotas”)
que lo ha hecho raquítico, mal conformado,
predestinado a engendrar niños muertos.
Sólo el orgullo lo hace resistir el guiño de la Muerte.
Y luego, con algo de esperanza, el viaje.
Choca con el pueblo más bestia de la tierra, los belgas,
que son monos y moluscos y rumiantes que no digieren nada,
los papanatas y canallas de ingenio excremental.
Después vendrá la sífilis, la caída del pelo, la debilidad,
las súbitas caídas, el vómito, el frío sudor,
el viento del ala de la imbecilidad.
Y las palabras que volaban solas
como un remolino de palomas
completamente ajenas a su voluntad.
No puede pronunciar sino sílabas sueltas.
Y el hombre que nos hizo ser más hombres
alguna vez olvidará su nombre.
Luego el ancho desierto: la vida de hospital.
Con el cuidado de las buenas monjas,
con la ayuda del médico,
con una gran paciencia,
llegará a pronunciar frases como
Buenos días señor…
Buenos días… Señora…
y poco antes de morir
La Luna es bella…
¡La Luna es bella!
Luego muere.
Sin palabras.
Es el 31 de agosto de 1867.
Tiene cuarenta y seis años.
En su cráneo quedan sólo unos cuantos mechones blancos.
Y el cerebro cocido.


Poema Baudelaire - Efraín Bartolomé