Al príncipe de la paz

Buscando alivio a mi salud endeble,
me vine a guarecer en la aspereza
de estos peñascos, del ardor estivo
que hoy enciende a Madrid. Quietud, silencio,
Paz en el alma, soledad quería,
frescura y sombras. Encerré con llave
los doctos libros, que el talento ilustran,
y el vigor al estómago destruyen.
Holgar quise y vivir; y apenas llego
a las orillas que fecunda el Arlas,
coronada la sien de humildes, juncos,
inesperada pesadumbre altera
mis honrados propósitos. ¿Adónde
sabré ocultarme, si habitando ahora
rústico albergue, defendido entorno
de precipicios y fragosas cumbres,
aquí me induce a traducir mi estrella?

Pero en vano será. Como sucede
una vez y otras muchas al cuitado
que no tiene comercio, hacienda, casa,
ni oficio, ni pensión, ni renta, y vive
tranquilo; en tanto que la numerosa
turba a quien debe el aire que respira,
se afana en perseguirle. El escribano
le cita, el alguacil le acecha y busca,
manda Marquina que sus deudas pague,
y no las paga: al soberano acuden,
manda que pague, y su pobreza extrema
privilegio le da seguro y cierto
de no pagar jamás. Yo así, fiado
de la ignorancia que padezco y lloro,
venerando el precepto que me impone
mi generoso protector; me eximo
de obedecerle. Si entender pudiese
lengua que no aprendí, traduciría
en culta frase de León y Herrera
los garabatos que del norte frío
vienen al Tajo mendigando ahora
glosa y comentador. O si aspirase
a conseguir, sin merecerle, el nombre
de poligloto y helenista insigne;
amigos tengo, y con ajenas plumas
me presentara intrépido y soberbio,
y la alquilada erudición pudiera
valerme aplauso entre la plebe osada
de los pedantes, cuya ciencia es solo
mentir doctrina, aparentar estudios.

Nunca, señor, de la impostura el arte
supe adquirir. Mucho talento anuncia,
mucha constancia y dirección prudente,
el acercarse de Minerva al templo.
La vida es breve: el límite se ignora
que debió a su Hacedor la siempre varia,
robusta en producir naturaleza.
Las artes que la imitan, aspirando
a conseguir la perfección; desisten
a su vista confusas y cobardes
del atrevido intento. Un primor solo,
una sola verdad, a sus alumnos
cuesta prolijo afán, y aquel que logra
adelantarse en la difícil vía,
a los que siguen con incierta planta
el mismo generoso intento, adquiere
ilustre honor que en las edades vive.
Sabio le llama el mundo, porque en una
ciencia alcanzó lo que anhelaron muchos;
no porque en ella al término llegase:
que inaccesible de los hombres huye.
Solo el pedante vocinglero, hinchado
de vanidad y ponzoñosa envidia,
todo lo sabe. En el café gobierna
los imperios del orbe, y mientras bebe
diez copas de licor, sorprehende, asalta,
gana de Gibraltar el puerto y muro.
Consultadle, señor, veréis que pronto
cubriendo el mar de naves españolas,
sin fatiga, sin gasto, a Irlanda ocupa,
y los tesoros de Jamaica os pone
En la calle mayor. ¿Queréis oirle
por tres horas no más? Latín, tuderco,
árabe, griego, mejicano y chino,
cuantos idiomas hay, cuantos cuentos pudiera
haber, los sabe. Erudición, historia,
náutica, esgrima, metalurgia y leyes:
en todo es superior, único y solo.
Poco estima a. Mozart: nota con ceño
que Cimarosa en tal o tal motivo
no estuvo muy feliz. Habla y decide
en materia de escorzos y contrastes,
tonos de luz, degradación de tintas,
pliegues y grupos. Convulsión padece
con el silabizar de Garcilaso,
¡Tan delicado tímpano es el suyo!
Las faltas ve de propiedad y estilo
en que se deslizó la mal tajada
péñola de Cervantes…, vive insigne
honor y gloria de la edad presente,
para instrucción común: esplendorosa
lámpara no te apagues. Yo, que admiro
la vasta enciclopédica doctrina,
que ostentas en banquetes clamorosos;
no te la sé envidiar: y si consigo
que alguna vez mi rudo verso escuche
aquel que alivia el grave peso a Carlos
en la dominación de tanto imperio,
a más no aspira mi talento humilde.


Poema Al príncipe de la paz - Leandro Fernández de Moratín