Dúctil cuero lustroso, su lengua desenrosca
por tu espalda y una orquídea se asienta,
teje su laberinto de sangriento guipur,
cae al suelo: su severo ajedrez
en búcaro lo torna. Así cuarenta veces.
Cuarenta veces flores desde sus hombros cuelgan.
Firmes hombros tan pálidos
como cimas heladas o magnolias.