Sobre la yerba estrujada,
bajo la fronda sombría,
te recliné desmayada
cuando la tarde moría.
Miré tu faz sonrosada
que pálida se volvía,
y sentí tu boca helada
bajo el ardor de la mía…
Y antes de que agonizante
quedara sobre tu flanco
clavado el viril anhelo,
¡miré en el supremo instante
hasta tus ojos en blanco
bajar el oro del cielo!