El laberinto de las herencias

Madre, de los cuatro hermanos,

Yo heredé el menor número

De centímetros

Y la mayor resistencia

Para tumbarme, dejar de sonreír,

Contener el miedo, estirar los brazos y

Mirar dentro del cielo

O del botiquín.

Pero ando derecha por el mundo, madre,

Y por la izquierda, como el padre.

Heredé la misma forma de tu risa

Y la misma textura de tus lágrimas.

No heredé tu gusto por el victimismo,

Pero sí tu tendencia natural para manipular

De forma invisible.

Heredé un trozo de vuestras casas

De protección oficial,

Los balcones, supongo,

Y tu entusiasmo por aprender.

Y no sé si fueron aquellas tardes

De plancha, con la abuela,

Cuando hablabais de “la vida”

Como una enfermedad incurable.

El caso es que dejaste para mí la peor

De tus herencias.

Este cortocircuito en el cableado

De mis neurotransmisores,

Este nudo en las venas,

Esta maraña de nervios

Mal ordenados hacia mi cerebro,

Estas ganas horrorosas

De llorar

O morir

A cualquier hora.

Esta vida sentida como

Un clown ciclotímico.

Si no te hubieras muerto, madre,

Compartiríamos benzodiacepinas

Y platos pequeños para nuestro

Fino esqueleto.

Si no te huebieras muerto,

Te habría gustado mi vida,

Mi hombre y mi hija.

Y habrías llegado a quererme.

Y puede, incluso, que algún neurotransmisor

Hubiera recuperado su dirección.

Pero aquel quirófano

Hizo realidad tu sueño

De aliviar el peso de tu vida.

Y tuve que heredar, también,

El mismo psiquiatra.

Él me ha enseñado a perdonarte

La herencia,

A emocionarme con lo pequeño,

A ingresar en la vida

Con el nudo en las neuronas

Y la serotonina inservible.

Y no te apures, madre,

Si me tocó a mí

Tu desarraigo crónico,

La fatiga de mis venas

Huérfanas.

Tengo el corazón de hueso

Y aprendí a flotar

Antes que a nadar.

Madre, también he heredado

Tu botiquín

Y las mismas drogas que

Te calmaban

Tres veces al día.

Todavía tengo fuerza,

Madre,

Para darte

LAS GRACIAS.


Poema El laberinto de las herencias - Eva Vaz