Dones fatidicos

Palma, no te enorgullezcas
De superar en altura
A los laureles y almendros
Sobre cuyas copas triunfas.
La tempestad se avecina,
Y cuando el rayo fulgura,
Las frentes menos enhiestas
Son las que están más seguras.

No te ensoberbezcas, rosa,
Porque brillas y perfumas,
Y en el jardín y en el prado
Reinas, excedes y ofuscas.
Esmalte y aroma en flores
Son signos de desventura…
Manos vendrán que te arranquen
O insectos que te destruyan.

Dulce planta de la selva,
Cantor que esponjas la pluma
Y abres el pico y exhalas
Chorros de perlas de música.
No te envanezca el gorjeo,
Calla: los hombres lo escuchan,
Y trinos aprestan redes
Al ave que los modula.

Tierra, no envidies al astro
Que te calienta y fecunda,
Y que surgente o occiduo
Prodiga el oro y la púrpura.
Tamaña magnificencia
Nace de inmensa tortura…
El resplandor de un incendio
¡te vivifica y alumbra!

Cuán caro pagas, espíritu,
¡el nimbo que te circunda!
Tener ingenio y renombre
Es tu verdadera culpa.
De rencores a tu gloria
Es cómplice la fortuna,
Y pereces lapidado
Con montañas de imposturas.


Poema Dones fatidicos - Salvador Díaz Mirón