Cruzando el mediterrÁneo

¡Hermosa noche!
por oriente asoma,
de bruma envuelta en anchurosa franja,
y cruzando sus velos en la altura,
do quiera tibia oscuridad derrama.
Huye la luz, bordando las esferas
con ricas orlas de colores varias,
y en los mares revueltos del ocaso
la refulgente cabellera baña.
Tenida en rayos de ilusión, desea
flotar ligera en la extensión el alma,
rasgar los tules y aspirar los gratos
frescos aromas que suspende el aura.
Tiembla la brisa de placer, meciendo
los blandos pliegues de ondulantes gasas;
partiendo sombras, las espesas nubes
el aire en cintas de arrebol desgarra,
y el cielo por encima de los orbes,
corona de diamantes, se destaca.
¡Hermosa noche! las estrellas brotan
cual copos de zafir, rosas de nácar,
que al perfumado ambiente de los cielos
sus pétalos de chispas abrillantan.
La luna, su fulgor pálido y triste
rompiendo, bellos tornasoles lanza,
florón do cuelgan los perdidos paños
que en la bóveda inmensa se desatan,
encantada azucena, sol de nieve,
globo de luz de rutilante plata,
águila de la noche, que tendiendo
allá en lo azul con majestad las alas
reposa sus miradas sobre el mundo;
que entre velos de lumbre pura y blanca,
y en los brazos mecida del espacio,
con sueño arrobador, muda descansa;
y sus rayos en hilos destilados
por el tenue vapor rielando pasan,
y mil plumas fantásticas dibujan
del mar tranquilo en las azules aguas.
El mar, undoso ceñidor celeste
que con sus lazos a la tierra abarca,
y colgada, en los cielos la suspende,
con un girón del firmamento atada;
el mar, la losa del sepulcro inmenso
que el cadáver del mundo encierra y guarda,
do sus copas altísimas cimbrean,
cual sauces de la muerte, las montañas;
el mar, que empaña su cristal bramando,
al aliento que el aire desparrama,
sepultando una ola en otra ola,
que se pierden gimiendo en sus entrañas,
cual del triste los míseros gemidos
se pierden en el mar de la esperanza.
Allá, extendida en la dudosa línea
que en el vasto horizonte se señala,
donde las ondas apacibles mueren,
donde se besan con amor las aguas,
cual tierno corazón que infunde vida
en el gigante mundo, late Italia.
Pedazo de la lumbre de la gloria
que las cenizas de la tierra inflama;
mentira hermosa, del Edén caída;
de una bella ilusión sagrada estatua,
que yace sepultada entre ilusiones;
lira doliente, melodiosa arpa,
que del cielo en la crespa cabellera
sus cuerdas de marfil y oro enredaba,
hasta tanto que al mundo desprendida,
osaron los tiranos desgarrarla,
para tejer con ella sus coronas,
para cubrir de su borrón la infamia.
Y hoy sus tonos armónicos anega
entre el llanto inmensísimo que abrasa
los senos de la mar, como los mártires
anegan sus quejidos entre lágrimas;
y hoy descansa en monótona agonía,
con laureles de espumas coronada,
blancas flores del campo de los mares,
que su perfume de murmullo exhalan;
y al aire da su llanto dolorido,
y al aura dice, si la besa el aura,
que pida al cielo libertad y vida,
¡ay! porque vida y libertad le faltan.


Poema Cruzando el mediterrÁneo - José Martínez Monroy