En cada paso me acerqué al portón de la muerte.
Me desangré en la carne y vacié los ojos.
Velé el conocimiento, soñé, morí en cada trajín.
Subvertí el orden de mi pecho y alcé vuelo;
Pero me di cuenta que el ojo muerto ya no ve:
La realidad termina imponiéndose a la existencia:
Censura, acosa, embiste, destruye, deshace risas.
¡Si! Su lengua se impone hasta para recordar
El último beso quemante, sudoroso de la carne.
Es difícil comprender esta luz subterránea;
Pero quien muere, ya no necesita hermosos senos.
Aquí, todo ruido es sordo; toda luz, ciega;
Todo sueño, tierra permanente de las sombras.