Al silencio

Hijo prudente del temor callado
Y la tiniebla muda,
Hermano del sosiego y del reposo,
A ti buscando voy por monte y prado,
A ti con voz aguda
Invoca ya mi acento numeroso,
A ti, jamás del mar tempestuoso
Alterado testigo,
A ti, de las batallas enemigo,
Que la palestra horrenda no conoces,
A ti, mi dulce amigo,
Dirijo claras mis incultas voces,
A ti, maestro sabio,
Que doctos haces sin mover el labio.

A ti, gran secretario de prudentes,
Doy mi mayor secreto
Por ser de suyo el bien comunicable;
No te saldrá de los piadosos dientes
De la vista el objeto
En la naturaleza más amable;
No daré mi concepto al variable
Amigo cortesano,
Mejor al solo rústico villano
Que con troncos y bueyes comunica,
Y la amigable mano
En cuanto vive a la mancera aplica,
Pues a troncos y bueyes
Contara mi delito y no a los reyes.

Deja, pues, deja el algodón mullido,
Las velludas alfombras,
Los descansos de pluma regalados,
El ampo de la nieve no ofendido
Y las que ocupan sombras
Términos de tu alcázar dilatados;
Mueve los pies ligeros no calzados,
Alados sí, te ruego,
Con las garzotas del volante ciego
Hacia el palacio en que mi sol te espera;
No admires tanto fuego
Como se encierra en su elevada esfera,
Que cuando más se enciende
Regala más que el más voraz ofende.

Llega, que allí tendrás de blando armiño
Acopados montones,
Donde esté tu cuidado satisfecho;
Allí tendrás con regalado aliño
De nevados vellones
Un deleitoso descansado lecho;
Allí tendrás para celar tu pecho
Mil martas cebellinas
Con felpas abrazadas peregrinas,
Y con abierto sin hilar capullo
Las paredes vecinas
Cubiertas, convidando a manso arrullo,
Tal que a ser tú el estruendo
Quedaras admirado, enmudeciendo.

Si trace los ojos de Argos vigilantes
Juntos en la cabeza,
El menos vivo triunfará del sueño,
Y los agudos más, más penetrantes,
Tocando en la belleza
Menor que intento, adorarán mi dueño;
Bien es gustar en vaso tan pequeño
Y en término tan breve,
Como una sombra que a la luz se atreve
Y como cien cristales, tan suave
Licor, que el que lo bebe
Sólo en los campos del silencio cabe,
Porque su hidropesía
En las cortes escándalo sería.

Rubias centellas de apacibles ojos,
A quien no causa espanto
Que en rubios arcos flechan al deseo;
Los lazos de oro sin concierto flojos
Y aljófares sin llanto
Sobre plata bruñida en dulce empleo;
Flor más suave que del monte hibleo
Y abeja recatada,
De nadie vista y todos envidiada;
Dulce oriente suave que respira
Armonía templada
Más que las fuerzas del levante, admira
Si esto vieres: dudando
En ti la admiración hable callando.

Caro amigo, discreto
Silencio, cuando sepas mi secreto
Vuelve a tu alcázar, y a las sombras todas
Que ayudan tu concepto
Convida, puesto el sol, para mis bodas;
Que yo encubierto quedo
Porque aun no me señales con el dedo.


Poema Al silencio - Pedro Soto de Rojas