A rosinda histrionisa

Cupido no permite
que mi canto celebre
los héroes, que la fama
coronó de laureles.

Él me inspira dulzuras
y amores inocentes,
olvidando de Marte
los horrores crueles.

Tú, hermosa, si a mi verso
agradecida vuelves
esos ojos, incendio
de los Dioses celestes,

Premio darás que baste
a que mi voz se aliente,
y a que sólo en tu aplauso
mi cítara se temple.

No por tal hermosura,
en armados bajeles,
llevó la Grecia a Troya
desolación y muertes.

¿Que mucho que a tu vista
rendido se confiese
el corazón, que en vano
su libertad defiende?

Si cuando te presentas
en años florecientes
ante el callado vulgo,
que de tu labio pende,

Con mágico embeleso
el ánimo más fuerte,
o en tu placer se goza,
o en tu dolor padece.

Ya la vivaz Talia
sus fábulas te preste,
cuando el vicio censura
con máscaras alegres.

¡Qué honesta, si declaras
la pasión que te vence,
o imaginados celos
tu risa desvanece!

¡Qué airada, qué terrible,
cuando en acentos breves
al atrevido amante
su desatino adviertes!

La multitud escucha,
y absorta duda y teme:
que son, aunque fingidos,
temidos tus desdenes.

Mas en el drama triste
que dictó Melpómene,
todo es angustia y foro,
todo afanes crueles.

¿Qué espíritu te agita?
¿Qué deidad te conmueve?
¿Quién con serenos ojos
pudo escucharte y verte?

Si alguno dudar quiso
cuanta ilusión adquieren,
en el ancho teatro,
ficciones aparentes:

oiga tu voz, y mire
las lágrimas que viertes,
y a tus pies humillado
te dirá lo que pueden.

Vosotros, que inspirados
de las hermanas nueve,
dais a la sien corona
de yedras y laureles:

Si dirigís el paso
a la cumbre eminente,
por la difícil senda;
perdida tantas veces:

Si el numen vuestro, aplausos
y eternidad pretende,
los hechos admirables
de la patria celebre.

Trágico verso imite
pasiones delincuentes,
fortunas infelices
de naciones y reyes.

Que si la Ninfa bella,
por quien el hondo Betis,
en Hispalis soberbio,
baña su campo fértil,

presta su voz, y anima
los mudos caracteres,
y lo que el arte inspira
en viva acción lo vuelve:

veréis como por ella
el orbe os engrandece,
y la fama poetas
os aclama celestes.

Feliz la suerte mía,
si merecer pudiese
que en sus labios de rosa
mis números resuenen.

Yo viera mis fatigas
premiadas dignamente,
¿ni galardón más alto
quien pudo merecerle?

Pero el vendado niño
que tirano me vence,
me permite que solo
la adore reverente.

¡Oh, Amor! Libra mi pecho
del afán que padece;
ni contra mí tus viras
voladoras aprestes.

Basta que en ella admire
las dotes excelentes,
con que a la patria escena
sublima y enriquece.

Sin que la suma larga
de sus triunfos aumente,
sin que a sus ojos muera,
sin que muriendo pene.

Que si de sus hechizos
libertarme pudieres,
y el tiro que destinas
al flechero le vuelves;

Por mí sus alabanzas
serán cantadas siempre,
en acentos suaves
de cítara doliente.

Y cisnes más sonoros
ensalcen y celebren,
los héroes que la fama
coronó de laureles.


Poema A rosinda histrionisa - Leandro Fernández de Moratín