A chateaubriand

Oda premiada con medalla de oro en el certamen de
Toulouse de 1883

Cual águila caudal que vigorosa,
Apenas libre del materno nido,
Sacude fiera el ala poderosa
Que al viento arranca vibrador quejido;
Y al hirviente latido
De la encendida sangre de su pecho
Ve el ancho espacio a su anhelar estrecho,
Y con su audaz pupila rutilante
Cuanto tiene delante
En la esfera descubre a largo trecho;

Y, gigante al sentirse, rauda hiende
La nube en que germina la tormenta,
Y sobre el aire límpido se tiende
Que su ligera máquina sustenta;
Y en su ascensión violenta
Del éter llega a la elevada cumbre,
Y, sin que el rayo abrasador deslumbre
Con sus destellos rojos
El iris fijo de sus grandes ojos,
Del sol arrostra la encidada lumbre:

Tal Chateaubriand, de su naciente vida
El juvenil hervor sintiendo apenas,
Por indomable afán enardecida
Su sangre corre en las hinchadas venas;
De grandes sueños llenas
Su alma viril, su mente creadora,
Al impulso del brio que atesora
De su pecho el latir, su pensamiento,
Con titánico aliento,
Del mundo ignoto la región explora;

Y, gigante al sentirse, de la guerra
Buscó el espacio para alzar el vuelo,
Pero al intenso afán que su alma encierra
Daba el campo de Marte angosto suelo.
De su insaciable anhelo
Su pecho al agitar nuevo transporte,
Quiso, alejado del feroz Mavorte,
Su pie fijar en tierra inexplorada
Y por senda del hombre nunca hollada
Paso abrir a la América del Norte.

Cambios de la Fortuna, de su empeño
Le apartaron fatales, y otra vía
De horizonte a su gloria más risueño
Abierta vio su rica fantasía.
De insigne numen dueño,
Del arte y de la ciencia en las regiones,
Campo sin fin de excelsas creaciones,
Con éxito feliz tendió las alas
Y añadió de sus obras con las galas
Un blasón de su patria a los blasones.

Busca suave lección al desconcierto
En que el mundo se agita, en la serena
Descripción de la vida del desierto,
Que la paz del espíritu hace amena;
Su corazón apena
Ver que el pueblo sin fe marcha al abismo
-Verdugo en su ignorancia de sí mismo –
Y la senda del bien le hace notoria
De los Natchez con la galana historia
Y la Santa Verdad del Cristianismo.

Huella con firme paso la alta esfera
Que de una gran nación rige el destino,
Y en los Consejos áulicos impera
Y a la acción de su rey marca el camino.
Con bien extraño sino,
Aristócrata fue por nacimiento,
Demócrata a la par por sentimiento;
La voz de su deber tan sólo escucha,
Y, amigo de la paz, por Francia lucha
Y alza de guerra el pabellón sangriento.

Mas por doquier que va, doquier su genio
Hace sentir su mágica influencia,
En las obras galanas del ingenio,
En el campo severo de la ciencia;
Se ve su prepotencia
Brillar con viva luz cual sol radiante,
Ya con la lira del poeta cante,
Ya con la ardua labor de estudios serios
Quiera arrancar al mundo los misterios
Que en su marcha le impelen adelante.

Alma llena de amor, del hombre quiso
Guiar los pasos y calmar la pena;
De recto, corazón, jamás remiso
Fue a la voz del deber que le encadena;
Mostró de férrea vena
Su firme voluntad para su empeño;
Cruzar el orbe todo fue su sueño,
Y con su fe por guía holló su planta
Del Mártir celestial la Tierra Santa:
Hoy su renombre de la fama es dueño.

Duerme en paz, Chateaubriand: a tu memoria
Honrosa distinción consagra el mundo;
Perenne brilla el astro de tu gloria
Con luz del bien para el mortal fecundo;
El piélago iracundo
Que en su bruma bañó tu hogar paterno,
Y al raudo avance de su flujo alterno
Lisonjero arrulló tu ilustre cuna,
Por tu buena fortuna
Hoy arrulla también tu sueño eterno.

El descendimiento
Al pie de cruz infame consagrada
Por la muerte del justo, en la amargura
De su intenso dolor enajenada,
Está la Madre entre las madres pura.

Se sienta a recibir en su regazo
Aquel cuerpo querido, hora maltrecho,
Dispuesta a unir con amoroso abrazo
Los restos fríos a su ardiente pecho;

A lavar con el agua de sus ojos
La sangre seca en las divinas sienes,
Que son aquellos míseros despojos
El solo bien de sus terrenos bienes.

De sus amigos el piadoso empeño
Sigue con triste afán y amarga pena,
Y cada golpe sobre el tosco leño
Cruel en su pecho maternal resuena.

En la onda acerba del dolor sumida,
Sólo responde a su dolor su mente,
Y juzga causa de otra cruenta herida
El golpe amigo que angustiada siente.

Recibe al fin el cuerpo macilento
Sobre el dulce regazo de su falda,
Y al querer animarle con su aliento
Aquella fría piel su labio escalda.

Ayes de íntimo afán y de terneza
Su voz dirige al que era su embeleso,
Y cree aplicar en la gentil cabeza
Bálsamo a sus heridas con un beso.

El Verbo creador contempla inerte,
La luz de luz suprema ya extinguida,
Victoriosa pasar la fría muerte
Sobre Aquél que a los muertos diera vida.

La tersa frente, del Eterno espejo,
Con tez marchita, sin color ni brillo:
La pupila, que fue de Dios reflejo,
Sin luz presenta el irradiante anillo.

Aquél su Hijo y a la par su Esposo,
Aquél el Padre que encarnó su vida,
El que en su seno virginal glorioso
El germen puso a salvadora egida.

Su amor, su ser, su vida en Éste encierra,
Y triste exclama ante su cuerpo frío:
“Mirad, oh caminantes, si en la tierra
Hay un dolor que iguale al dolor mío”.


Poema A chateaubriand - Adolfo de la Fuente