Las dos rivales

Cuento I

Camino va de Jaén
Sobre perezosa mula
Mancebo de pocos años,
De larga guedeja rubia.
Fija la barba en el pecho
Su rostro pálido oculta,
O con recelo sus ojos
Torna al camino de Andújar.
En vano animar pretende
Su tarda cabalgadura
De temor de que le alcancen
Sus hermanos que le buscan.
Y la tarde es avanzada
Y lluvia anuncia la luna
En rededor circundada
De triste banda sulfúrea.
¡Ay de él si allí le sorprende
Temerosa noche oscura,
Y las nubes a torrentes
La tarda vereda inundan!
¡Pobre niño! en esos campos
De triste aspereza inculta
Sus ropas de seda blanda
Pronto calará la lluvia.
Mas no… que ya de Jaén
Se ve el castillo en la altura
Y al través de las ventanas
Mil y mil luces que cruzan.
Suspira el joven, sus ojos
Clavando con amargura
En la ciudad que se pierde
Entre la niebla confusa.
Lágrimas vierten sus ojos
Que en su abandono no enjuga:
La mula apresura el paso
Y él este canto murmura.

¿Por qué me juraste amores
Fementido, engañador?
¿Por qué adornaste con flores
Esa copa de dolores
Para burlarme mejor?

Dijísteme que era hermosa
Y que me amabas también:
Tu queja escuché piadosa
Y con promesa de esposo
Ablandaste mi desdén.

Malhayas tú, fementido,
Que ya supe tu maldad.
Llámaste de otra marido
Después que hubiste cogido
La flor de mi honestidad.

En otra reja suspiras
Abrasado el corazón:
Por otros ojos deliras,
Y no temes que mis iras
Han de vengar tu traición.

II
Apeóse el viajero
Y por las calles a oscuras
Con paso incierto camina…
Párase al fin y pregunta.
Pregunta por Laínez Diego
Un caballero de Andújar:
Las noticias que le han dado
Pusieron colmo a su angustia.
Vuelve a andar, no sabe a dónde,
Y tiembla y solloza y duda…
La oscuridad le estremece
Que donde quier le circunda.
Una campana le guía
Triste, penetrante, aguda,
Que la oración de los muertos
Con eco solemne anuncia.
Solo está el templo, y apenas
Dos o tres luces le alumbran…
Nadie reza por los muertos
Obligados en sus tumbas.
Postrado el mancebo hermoso
En la helada piedra dura
Dirige ardientes plegarias
Con trémula voz confusa.
Largos rizos resbalaron
Por su garganta desnuda
Que en rededor de su talle
Movidos del viento ondulan.
Azules eran sus ojos
Llenos de amor y dulzura,
Y su seno palpitaba
Con triste emoción profunda.
¡En vano el desventurado
Con dolorosa amargura
Alza su mirada al cielo
Donde algún consuelo busca!
En sus ojos se clavaron
Los de espantada lechuza
Que en la lámpara del templo
Fatídica se columpia.

III
Sonó la campana y el eco vibrando
Con luengos zumbidos el aire agitó.
Sonó la campana: las doce están dando
Y el triste mancebo del templo salió.
Muy cerca una casa que al paso encontrara
Llamó su cuidado, paróse al umbral:
Sonaba allá dentro ruidosa algazara
Y brindis y cantos de fiesta nupcial.
Subió presuroso: su rostro inmutado
Perdió en un momento su hermoso color,
A Laínez ha visto y ha visto a su lado
La hermosa doncella que absorbe su amor,
Y cien caballeros y damas vistosas
Entorno a la mesa que cubren sin fin
Mezclados con haces de mirto y de rosas
Alegres despojos del largo festín.
El rostro de Laínez parece difunto,
Mas nadie repara su vivo pesar,
Que todos los ojos tornáronse al punto
Al joven gallardo que acaba de entrar.
Perdón si interrumpo, por último exclama,
La fiesta solemne: yo soy un cantor
Que el mundo recorro ganoso de fama
Cantando en los pueblos endechas de amor.
Al punto las damas haciéndole lado
Que cante le ruegan con mucho interés,
Y el mozo obedece con gusto y agrado
Porque es como hermoso galán y cortés.

¿Por qué me juraste amores
Fementido engañador?
¿Por qué adornaste con flores
Esa copa de dolores
Para burlarme mejor?

En otra reja suspiras
Abrasado el corazón,
Por otros ojos deliras,
Y no temes que mis iras
Han de vengar tu traición.

Mucho plació la cantiga
Y más el mozo plació
Que las damas le miraron
Con muestras de grande amor.
Solamente el desposado
El entrecejo arrugó
Y relumbraron sus ojos
Con ceño amenazador.
Ruedan otra vez las copas,
Rueda la alegre canción,
Y el forastero mancebo
A la casada brindó.
Alguno que lo miraba
Con cuidadosa atención
Pomo de luciente plata
Ver en sus manos creyó.
Después de ella, llevó al punto
A sus labios el licor
Y con mano temblorosa
Toda la copa apuró.
Mas la noche es avanzada
Que ya con lúgubre son
Anuncia a los desposados
Las doce y media el reloj.
La novia llevan al lecho
Y Laínez luego partió:
Tras él cerraron la puerta…
Solos quedaron los dos.
Tiende las manos al lecho…
Solo un cadáver tocó.
Un cadáver, donde piensa
Hallar caricias de amor.
Acerca la luz, es ella,
Ella, su vida y su Dios;
Pero está cárdena y fría,
Y quieto su corazón.
Llámala mil y mil veces:
Ella no escucha su voz,
Y si la escucha, no puede
Responder a su aflicción:
Porque helada está su sangre,
En su seno no hay calor,
Y sus ojos apagados
No son ya envidia del sol.
Melancólico gemido
Detrás de la puerta oyó
Y de pasos temerosos
Acelerado rumor.
A lo lejos en la sombra
Deslizarse un bulto vio,
Apoyado en las paredes
Por el largo corredor.
Vuela en su alcance y la sombra
Burla su intento, veloz
Mas retumba el pavimento,
Do al fin sin fuerzas cayó.
Y oyó pronunciar apenas
Con entrecortada voz
¿por qué me juraste amores
Fementido engañador?

IV
Por la calle de los Muertos
Cuando el reloj dio la una,
Envueltas en negros paños
Sacaron las dos difuntas.
Un hombre solo acompaña
Esta ceremonia muda,
Y en su pecho lastimado
Hondos sollozos se escuchan.
Así atraviesan las calles
Y a los que velan asustan.
Parecen almas que penan
Según caminan de mustias.
Ahuyentan a los amantes
En su plática nocturna
Y los canes agoreros
Temerosamente aúllan.

V
Fuera de lugar sagrado
En camino de Porcuna
Cuatro pinos sombra dan
A una humilde sepultura.
La lápida que la cubre,
En negras letras confusas
Manifiesta cuyos son
Los restos que allí se ocultan.
DOÑA INÉS DE ABARRACÍN
NACIÓ EN LA CIUDAD DE ANDÚJAR
Dicen las letras, gastadas
Por el tiempo y por la lluvia.


Poema Las dos rivales - Antonio García Gutierrez