El bosque

Bajo las frondas trémulas e inquietas
Que forman mi basílica sagrada,
Ha de escucharse la oración alada,
No el canto celestial de los poetas.

Albergue fui de druidas. Los ascetas,
En mis troncos de crústula rugada,
Infligieron su frente macerada
Y colgaron sus harpas los profetas.

Y, en tremenda ocasión, el errabundo
Viento espantado suspendió su vuelo,
Al escuchar de mi interior profundo

Brotar, con infinito desconsuelo,
La más grande oración que desde el mundo
Se ha alzado hasta las cúpulas del cielo.



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Poema El bosque - Manuel José Othón