A d. pedro calderÓn de la barca

Con ocasión del segundo centenario de su muerte

Para tu luz y armonía
Ni ojos ni oídos habrá.
ZORRILLA.

¡Calderón! Genio profundo,
Cuyos títulos de gloria
Llenan del Arte la historia
Y los ámbitos del mundo.
Si algún rival iracundo
Quiso con torpes anhelos
De joya tal de los cielos
Menguar la gigante fama,
Que son, su intento proclama,
El mayor monstruo, los celos.

Es quien al genio deprime
El Pintor de su deshonra,
Como El médico de su honra,
Quien llega así a lo sublime.
En vano la envidia gime
Y, el mal ajeno por guía,
Manchar una gloria ansía,
Que el remedio mejor es
Dar tiempo al tiempo, y después
Mañana será otro día.

Pudo su ingenio tan sólo
Ganarle de gente en gente
Alto nombre y a su frente
Ceñir El laurel de Apolo.
Desde un polo al otro polo
Su prez con el tiempo medra;
La envidia mordaz se arredra
Ante el general concento,
Que supo ablandar su acento
La fiera, el rayo y la piedra.

De su ingenio peregrino
El audaz, gigante vuelo
Supo dar ejemplo al suelo
De lo humano y lo divino.
Allanó con fe el camino
De la existencia enojosa
Dando a su musa grandiosa
Virtud y creencia aliento,
Y fue del mundo el portento
La margarita preciosa.

Ya lo divino humaniza
En pos de santa enseñanza;
De su mente la pujanza
Ya lo humano diviniza.
En esta suprema liza
No pudo encontrar iguales:
Dijo en versos inmortales
Primero soy yo, y con creces
Lo demostraron cien veces
Sus autos sacramentales.

De una rica inspiración
Al sacro, encendido fuego
Mostró a todos desde luego
Cuál es mayor perfección.
Tuvo por noble misión
Preconizar la virtud,
De un recto juicio a la luz
Saber del mal y del bien
Y hacer de su fe sostén
La devoción de la Cruz.

Siempre por lema el honor,
En su doctrina ejemplar
No pudo tener lugar
El acaso y el error.
Más que erigirse en censor
Del feo vicio, procura
Ensalzar la virtud pura,
Y así, en tan noble tarea,
Para cautivar emplea
Las armas de la hermosura.
Su mente es puro crisol
Que a la vil escoria acusa:
La hija del aire es su musa,
Su genio El hijo del sol.
De la aurora el arrebol,
De amor las blandas cadenas,
Del bien las horas serenas
Tal pinta que en dulce calma
Parece que surca el alma
El golfo de las Sirenas.

En cuanto ensayó su numen
Llevó la palma su ingenio:
Rey se erigió del proscenio
Sin que sus lides le abrumen.
De todas galas resumen
Su drama caballeroso,
El diálogo primoroso,
La intriga feliz y amena,
Le proclaman de la escena
El mágico prodigioso.

Pintor fiel de las costumbres
De una edad de galanteos,
En los mismos devaneos
Hay de la virtud vislumbres.
Del arte escaló las cumbres,
Y en la farsa celebrada
Dicha “de capa y espada”
Da todo su ingenio y sigue
Dueño de él, y así consigue
Darlo todo y no dar nada.

De la sociedad altiva
De aquellos días espejo,
Son sus dramas fiel reflejo
De la pasión que la aviva.
Da al pecho llama más viva
El negro manto en la faz,
Y al alma roba la paz
Fineza contra fineza
Cuando a provocar empieza
Duelos de amor y lealtad.

Y tales los lances son
De sus cien comedias base,
Que se hizo vulgar la frase
De “lances de Calderón”.
Que cautiva el corazón
Del pueblo que audacias ama,
Y por sus leyes proclama
Amor, honor y deber,
Ver a un galán sostener:
Antes que todo es mi dama.

Con tales dotes el cielo
Quiso adornar su persona,
Que obtuvo triple corona
Por sus tres vidas del suelo:
De sacerdotes modelo,
Soldado fiel y valiente,
Poeta el más eminente,
Tiene hoy mayor nombradía
Que alcanzó en su fantasía
La Sibila del Oriente.

No hallando ponderación
Su ingenio en humana boca,
Basta callar si se invoca
El nombre de Calderón.
Si débil fue la opinión
Durante su vida, hoy fuerte
Que no admite duda advierte,
Y en su entusiasmo profundo
Impone el precepto al mundo
De Amar después de la muerte.

Que al que debe excelsa gloria
Justo es que rinda homenaje,
Y fuera la duda ultraje
A tan augusta memoria,
Y contradicción notoria
Que al poeta y sabio al par
Levante España un altar
En el templo de la ciencia
Y quepan en su conciencia
Agradecer y no amar.

Porque en la existencia varia
Del alma presa de afectos
De una causa dos efectos
Son consecuencia ordinaria.
Y obligación necesaria
Que gratitud y amor una
El pueblo que le dio cuna,
Cuyos hijos por tal vida
El orbe entero apellida
Los hijos de la Fortuna.

Busca en la lucha inclemente
De este mundo baladí
Cada uno para sí
Remedios al mal que siente.
Quien encontrarlos intente,
Bien seguro de su acierto,
De Calderón tenga abierto
Cualquier libro ante los ojos,
Que ha de ser a sus enojos
El mejor amigo el muerto.

Amigo amante y leal
A cuyo dulce consuelo
Puede exclamar sin recelo
El triste: Bien vengas, mal.
Que hasta el penoso arenal
De la vida, en que el desmayo
Causa del dolor el rayo,
Hacen senda deleitosa
La púrpura de la rosa,
Mañanas de abril y mayo.

Hablar de los suaves goces
Que el alma sedienta apura
En su sabrosa lectura
Sería El secreto a voces.
Y, aunque los hados veloces
Extingan con cruda saña
Vida que la gloria baña,
Es su recuerdo tan fuerte
Que hará siempre de su muerte
El postrer duelo de España.

Debió mi numen vulgar
Ante tu numen ser mudo,
Que, del pobre ingenio escudo,
No hay cosa como callar.
Pero un hecho singular
A mi osadía abrió paso:
Hoy hicieron del Parnaso
En tu honor libre la entrada
Y sigo en esta jornada
Los empeños de un acaso.

No tienen noble abolengo
Mis versos, y en este lance
Sólo me evite un percance
Decir: Con quien vengo, vengo.
Sé que títulos no tengo
Para publicar en plazas
Glorias que tú solo abrazas;
Pero, en tal trance metido,
De tus frases me he valido,
Que Hombre pobre todo es trazas.

Sirva a mi canto de excusa
Que la admiración le inspira:
Mejor sonara mi lira
Si fuera mejor mi musa.
Mas nunca el genio rehúsa
Humilde aplauso leal,
Que es poco la vida real
Al que es de la gloria dueño,
Porque, al fin, La vida es sueño
Ante la gloria inmortal.


Poema A d. pedro calderÓn de la barca - Adolfo de la Fuente